Napoleón — 1 de diciembre de 1805
La Historia no espera a nadie.
¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?
Capítulo 26
1 de diciembre de 1805 — aproximadamente 08:50
Cuartel General francés, Moravia
La lona volvió a caer.
Durante unos segundos, el interior de la tienda recuperó aquella penumbra gris que la luz de la mañana apenas conseguía atravesar.
Napoleón permaneció inmóvil.
El mensajero ya se había marchado.
Sobre la mesa seguía abierto el mapa.
Pratzen.
Sokolnitz.
Telnitz.
Las líneas dibujadas con tinta parecían mucho más precisas que la información que acababa de recibir.
Aquello no le molestaba.
Al contrario.
Era exactamente el tipo de problema que prefería tener delante.
No necesitaba que un hombre llegara hasta él diciendo que había comprendido la situación.
Necesitaba saber qué había visto.
Y, sobre todo, qué no había visto.
Napoleón apoyó lentamente la mano sobre el borde de la mesa.
El movimiento aliado hacia el sur podía ser real.
Los indicios empezaban a acumularse.
Pero el movimiento no era todavía la respuesta.
Era una pregunta.
Levantó los ojos hacia el mapa.
—¿Quién permanece?
La pregunta salió en voz baja.
No había nadie allí para responderla.
Napoleón la repitió mentalmente.
Después añadió otra.
—¿Cuántos?
Aquella era la importante.
El mensajero no había podido responderla.
Y eso significaba que todavía no tenía derecho a sacar la conclusión que más tentaba a cualquier comandante al recibir noticias favorables.
No debía confundir una dirección con una concentración.
Ni una concentración con un abandono.
Ni un abandono aparente con una oportunidad inmediata.
Volvió a mirar Pratzen.
Su concepción estratégica no necesitaba modificaciones.
Eso estaba claro.
Si el enemigo comprometía una parte considerable de sus fuerzas hacia el sur, el centro podía quedar expuesto.
Y si el centro quedaba suficientemente debilitado...
Su dedo recorrió la línea del terreno.
No terminó el pensamiento.
No hacía falta.
La idea estaba allí desde mucho antes de aquella mañana.
Lo que aún no estaba allí era el momento.
Ese era el problema.
Napoleón conocía la decisión que quería tomar.
Todavía no conocía el momento exacto en que las condiciones permitirían ejecutarla.
Un ruido de pasos llegó desde el exterior.
Esta vez no hubo vacilación.
La lona se levantó.
—Sire.
Berthier.
Napoleón levantó la cabeza.
—Entre.
El jefe de Estado Mayor entró con una carpeta de documentos bajo el brazo.
Se detuvo un instante junto a la entrada y miró a Napoleón.
No había nada extraordinario en su expresión.
Para Berthier, aquello era simplemente otra mañana de campaña.
Otra mañana en la que el Emperador esperaba informes.
Napoleón hizo un pequeño gesto hacia la mesa.
—¿Qué tenemos?
Berthier se acercó.
—Han llegado dos mensajes.
Napoleón no respondió inmediatamente.
—¿Del mismo origen?
—No, Sire.
Aquello sí llamó su atención.
—Entonces empiece por el primero.
Berthier abrió la carpeta.
—El primer informe procede de un puesto de observación situado al norte de Pratzen.
Napoleón hizo un gesto afirmativo.
—¿Hora?
Berthier consultó el papel.
—La observación fue realizada poco después del amanecer. La transmisión ha llegado hace unos minutos.
—¿Qué observó exactamente?
Berthier leyó.
—Movimiento de columnas hacia el sur.
Napoleón levantó ligeramente una ceja.
—Eso ya lo sabemos.
—Sí, Sire.
—¿Qué añade este informe?
Berthier bajó la vista al documento.
—Que el movimiento parece continuar.
Silencio.
Napoleón extendió la mano.
Berthier le entregó el papel.
Lo leyó.
Una vez.
Después otra.
No había demasiadas palabras.
Precisamente por eso resultaban útiles.
No había una estimación fiable del número de tropas.
No había identificación completa de las unidades.
No había confirmación de que las alturas hubieran quedado vacías.
Solo movimiento.
Continuidad.
Dirección.
Napoleón dejó el papel sobre la mesa.
—¿El observador distingue infantería de caballería?
—Sí.
—¿En qué proporción?
—No proporciona una proporción fiable.
—¿Artillería?
Berthier negó con la cabeza.
—No puede asegurarlo.
Napoleón asintió.
No estaba decepcionada.
Era información incompleta.
Pero era información.
—¿Y el segundo mensaje?
Berthier sacó otro papel.
—Procede de un puesto diferente.
Napoleón lo miró.
—¿Misma observación?
—En parte.
—Eso es lo interesante.
Berthier asintió.
—Sí, Sire.
Napoleón tomó el segundo informe.
Lo leyó.
Esta vez tardó un poco más.
Después levantó la mirada.
—¿A qué distancia estaba el observador?
Berthier respondió.
—No se indica con precisión.
Napoleón volvió al papel.
—Entonces no sabemos si ambos hombres han observado las mismas columnas.
—No, Sire.
—Ni si han confundido un movimiento de tropas con otro.
—No, Sire.
Napoleón dejó el documento junto al primero.
Durante unos segundos permaneció callado.
Berthier esperaba.
Napoleón se inclinó sobre el mapa.
Dos informes.
Dos observadores.
Dos movimientos.
La información no era idéntica.
Pero tampoco era contradictoria.
Aquello era diferente.
—No quiero una cifra —dijo.
Berthier lo miró.
—¿Sire?
—No todavía.
Señaló los informes.
—Quiero saber qué unidades se están moviendo.
Berthier asintió inmediatamente.
—Sí, Sire.
—Y desde dónde.
Otro gesto afirmativo.
—Sí, Sire.
—Y hacia dónde exactamente.
Napoleón desplazó el dedo sobre el mapa.
—No me diga simplemente «hacia el sur». Quiero el eje de marcha.
Berthier tomó nota.
—¿Algo más?
Napoleón se quedó mirando Pratzen.
—Sí.
Su dedo se detuvo sobre las alturas.
—Quiero saber quién permanece aquí.
Berthier miró el punto señalado.
—Ordenaré que se compruebe.
—No.
Berthier levantó la cabeza.
Napoleón negó ligeramente.
—No quiero que «se compruebe».
Hizo una pausa.
—Quiero que se observe.
La diferencia era pequeña.
Pero Berthier la comprendió.
No quería una conclusión.
Quería datos.
—Sí, Sire.
Napoleón volvió a enderezarse.
—Y que los informes indiquen la hora de cada observación.
Berthier anotó la instrucción.
—Hora de observación.
—Hora de transmisión.
—Sí, Sire.
—Y quién la transmite.
Berthier levantó los ojos.
—¿Quiere también identificar al observador?
—Siempre.
Berthier cerró la carpeta.
—Lo haré inmediatamente.
Napoleón hizo un gesto para detenerlo.
—Una cosa más.
Berthier esperó.
—Que nadie escriba que Pratzen está abandonado.
El silencio fue breve.
—Hasta que tengamos pruebas.
—Comprendido, Sire.
Berthier volvió hacia la entrada.
Napoleón lo observó durante un instante.
—Berthier.
El mariscal se volvió.
—Sire.
—Esto empieza a parecer un movimiento organizado.
Berthier no respondió.
Napoleón continuó:
—Pero todavía no sabemos qué estructura hay detrás de él.
Berthier asintió.
—Lo averiguaremos.
La lona cayó.
Napoleón quedó sola otra vez.
Durante unos instantes no miró el mapa.
Miró los dos informes.
Dos hombres habían visto cosas diferentes.
Y, sin embargo, las dos observaciones apuntaban en la misma dirección.
Aquello sí tenía valor.
No porque demostrara que su hipótesis fuese cierta.
Todavía no.
Sino porque reducía el número de explicaciones posibles.
Napoleón volvió a mirar Pratzen.
El enemigo podía estar desplazando tropas hacia el sur.
Podía estar preparando una operación contra su derecha.
Podía estar redistribuyendo fuerzas.
Podía estar haciendo varias cosas simultáneamente.
Todavía no podía saberlo.
Pero una posibilidad empezaba a ganar peso.
La que él había esperado.
La que necesitaba.
La que había diseñado.
Napoleón apoyó ambas manos sobre la mesa.
Esta vez no buscó una respuesta.
Buscó la siguiente pregunta.
Si las fuerzas se estaban desplazando hacia el sur...
¿desde dónde?
Y si se desplazaban desde Pratzen...
¿cuántas?
La diferencia entre ambas preguntas podía decidir una batalla.
Y todavía quedaba tiempo.
No mucho.
Pero suficiente.
Se escucharon voces en el exterior.
Un oficial pasó corriendo junto a la tienda.
Después otro.
Napoleón levantó la cabeza.
El campamento comenzaba a despertar definitivamente.
Órdenes.
Caballos.
Mensajeros.
Carros.
Hombres entrando y saliendo de las posiciones.
El ejército estaba haciendo su trabajo.
El enemigo también.
Napoleón volvió a mirar el mapa.
Su dedo se desplazó desde Pratzen hacia el sur.
Sokolnitz.
Después Telnitz.
No necesitaba imaginar todavía la batalla.
No necesitaba verla.
Solo necesitaba saber qué estaba haciendo el enemigo.
Y entonces, cuando la estructura empezara a revelarse, podría decidir qué hacer con ella.
La lona se levantó una tercera vez.
Esta vez apareció un oficial joven, cubierto de polvo.
—Sire.
Napoleón giró hacia él.
—¿Qué ocurre?
El oficial respiró hondo.
—Ha llegado otro mensajero del sector oriental.
Napoleón lo miró fijamente.
—¿Con qué información?
El oficial vaciló apenas un instante.
—Dice haber visto nuevas columnas en movimiento.
Napoleón no apartó los ojos de él.
—¿Hacia dónde?
El oficial miró el mapa.
—Hacia el sur, Sire.
Napoleón permaneció inmóvil.
No sonrió.
No hizo ningún comentario.
Solo extendió la mano.
—Déme el informe.
El oficial avanzó.
Y Napoleón esperó.
Porque ahora ya no estaba buscando saber si existía movimiento.
Estaba empezando a buscar su estructura.
Y esa diferencia podía cambiarlo todo.
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