Napoleón — 1 de diciembre de 1805

      La Historia no espera a nadie.

¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?

Capítulo 21

1 de diciembre de 1805 — Aproximadamente 08:04

Cuartel General francés, Moravia

La lona volvió a caer detrás de Berthier.

Durante un instante, el ruido de sus pasos permaneció al otro lado.

Uno.

Dos.

Tres.

Después se perdió entre los sonidos del campamento.

Napoleón no levantó la cabeza.

La pluma continuaba entre sus dedos.

Sobre la mesa había tres hojas.

Una junto a otra.

No por orden de importancia.

Por orden de tiempo.

La primera contenía una observación recibida anteriormente.

La segunda, otra.

La tercera era la más reciente.

Napoleón volvió a mirar las líneas.

No buscaba una conclusión.

Buscaba una diferencia.

Algo que hubiera cambiado.

Algo que no hubiera cambiado.

Algo que pareciera contradictorio solamente porque dos hombres habían observado el mismo movimiento desde lugares diferentes.

El problema no era que los informes fueran malos.

Era precisamente lo contrario.

Eran demasiado fragmentarios.

—Sur —murmuró.

La palabra quedó suspendida en el interior de la tienda.

Telnitz.

Sokolnitz.

Las alturas.

Davout.

Cuatro nombres.

Cuatro preguntas.

Napoleón apoyó la pluma.

Se reclinó ligeramente.

La tela de la tienda se estremeció con una ráfaga de viento.

Fuera, un caballo relinchó.

Alguien gritó una orden.

Después se escuchó el ruido metálico de unas piezas de artillería siendo movidas.

El ejército estaba despierto.

El Cuartel General también.

Pero allí dentro el tiempo parecía avanzar de otra manera.

Napoleón volvió a mirar el mapa.

No necesitaba que nadie le explicara dónde estaban Telnitz y Sokolnitz.

Conocía el terreno.

Había recorrido aquella zona.

Sabía qué caminos eran practicables.

Sabía dónde el suelo podía ralentizar una columna.

Sabía dónde una posición aparentemente cómoda podía convertirse en una trampa.

Pero saber cómo era un camino no significaba saber quién lo estaba utilizando.

Esa diferencia era fundamental.

Tomó la primera hoja.

La levantó.

Leyó de nuevo.

Después hizo lo mismo con la segunda.

La tercera.

No había una contradicción evidente.

Había algo peor.

Una diferencia temporal.

Napoleón dejó las tres hojas sobre la mesa.

—No están hablando del mismo momento.

No era una pregunta.

Era una constatación.

La información podía ser correcta.

Y, al mismo tiempo, resultar insuficiente.

Un movimiento observado una hora antes podía haber dejado de existir.

Una columna que había sido vista avanzando podía haber cambiado de dirección.

Una posición aparentemente ocupada podía estar siendo abandonada.

Y un oficial que escribiera que había visto tropas hacia el sur no estaba obligado a saber qué había ocurrido detrás de ellas.

Napoleón tomó el reloj.

Lo observó unos segundos.

No necesitaba que le dijera solamente qué hora era.

Necesitaba recordar que el reloj que tenía en la mano pertenecía a ella.

El hombre que había visto aquel movimiento podía haber consultado otro.

O ninguno.

Podía haber estimado la hora por la luz.

Por el estado de la mañana.

Por el momento en que había comenzado una marcha.

Por el amanecer.

La precisión de un despacho no podía ser superior a la precisión de los medios que lo habían producido.

Volvió a dejar el reloj.

Eso no resolvía el problema.

Pero sí evitaba crear uno nuevo.

Napoleón cogió una hoja limpia.

Escribió cuatro palabras.

Observado.

Registrado.

Transmitido.

Recibido.

Se detuvo.

Después añadió:

No confundir.

La puerta permanecía cerrada.

Berthier todavía no había regresado.

Bien.

Eso significaba que las órdenes estaban circulando.

Napoleón prefería que fuera así.

No necesitaba tener a todo el Estado Mayor dentro de la tienda mientras esperaba.

Necesitaba que cada hombre estuviera haciendo exactamente aquello para lo que había sido enviado.

Levantó la mirada hacia el mapa.

El sur seguía allí.

Inmóvil.

El mapa no tenía prisa.

Los hombres sí.

Y precisamente por eso un mapa podía resultar engañoso.

Napoleón pasó un dedo sobre la zona de Pratzen.

No lo retiró inmediatamente.

Las alturas eran la llave.

Pero una llave podía estar en una mano sin que nadie supiera todavía qué puerta iba a abrir.

El movimiento hacia el sur seguía siendo favorable.

Eso no había cambiado.

Pero favorable no significaba decisivo.

Todavía no.

Una ráfaga volvió a sacudir la lona.

Esta vez llegó acompañada de voces.

Napoleón esperó.

Las voces se aproximaron.

Una.

Dos.

Tres.

Luego se alejaron.

No entró nadie.

Napoleón volvió al escritorio.

Cogió otra hoja.

Esta vez escribió una sola palabra:

Davout.

Debajo:

¿Dónde?

Y debajo:

¿Cuándo?

No necesitaba una explicación sobre lo que el mariscal pensaba hacer.

Necesitaba saber dónde estaban sus hombres.

La diferencia entre ambas cosas podía costar miles de vidas.


08:09

El sonido de unos cascos se detuvo frente al Cuartel General.

Napoleón levantó la cabeza.

Esta vez sí.

Unos segundos después, un ayudante entró.

Llevaba barro en las botas.

No demasiado.

Lo suficiente.

Se detuvo a unos pasos de la mesa.

—Sire.

Napoleón lo miró.

—¿Qué ocurre?

El hombre respiró antes de responder.

—Un correo procedente de la red de observación, Sire.

—¿De qué punto?

El ayudante dio un paso hacia delante y extendió el despacho.

—Del sector meridional.

Napoleón no tomó inmediatamente el papel.

—¿Quién lo ha redactado?

—El oficial que recibió la observación, Sire.

—¿Y quién la hizo?

El ayudante vaciló.

—Un puesto avanzado.

—¿Dónde?

El hombre señaló el documento.

Napoleón lo tomó.

Leyó.

Una vez.

No levantó la cabeza.

Volvió a leer.

El informe era breve.

Había actividad.

Columnas.

Movimiento hacia el sur.

No había una cifra fiable.

No había identificación completa.

No había una hora exacta.

Napoleón llegó hasta el final.

Entonces preguntó:

—¿Cuándo fue observada?

El ayudante respondió:

—La referencia indica esta mañana, Sire.

Napoleón alzó los ojos.

—Eso no es una hora.

El hombre guardó silencio.

No era una reprimenda.

Era una corrección.

—No, Sire.

Napoleón volvió a mirar el papel.

—¿Cuándo fue recibido?

—Hace pocos minutos.

—¿Y cuándo salió el observador?

El ayudante no supo responder.

Napoleón asintió.

—Bien.

No parecía decepcionada.

Eso era importante.

Un informe incompleto seguía siendo un informe.

Podía contener información útil.

Pero no debía recibir más precisión de la que realmente tenía.

—¿Qué se ha observado exactamente?

El ayudante respondió con más seguridad.

—Columnas desplazándose hacia el sur.

—¿Qué columnas?

—No se ha podido determinar.

—¿Infantería?

—Parece que sí.

—¿Caballería?

—No se confirma.

—¿Artillería?

—Tampoco.

Napoleón volvió a mirar el documento.

—¿Pratzen?

—No hay observación directa suficiente, Sire.

Aquello sí hizo que se detuviera.

Levantó la mirada.

—¿Nada?

—Nada que pueda confirmarse.

Napoleón asintió lentamente.

Exactamente.

Eso era lo que necesitaba.

No una respuesta.

Una ausencia de respuesta correctamente identificada.

—¿El observador vio las alturas?

—A distancia.

—¿Y qué informa?

—Que no puede establecer con seguridad cuántas tropas permanecen allí.

Napoleón dejó el despacho sobre la mesa.

Durante unos segundos no dijo nada.

El ayudante permaneció inmóvil.

Finalmente, Napoleón preguntó:

—¿El movimiento hacia el sur continúa?

—El informe dice que sí.

—¿Dice que continúa en este momento?

Otra pausa.

—No, Sire.

Napoleón asintió.

—Entonces no lo dice.

El ayudante bajó ligeramente la cabeza.

—No, Sire.

Napoleón tomó la pluma.

Hizo una pequeña marca en el margen.

Movimiento observado.

Después otra.

Situación actual no confirmada.

Y una tercera.

Pratzen: desconocido.

Volvió a mirar al ayudante.

—¿Cuántos hombres hay en ese puesto?

El oficial respondió.

Napoleón hizo otra pregunta.

Luego otra.

Distancia.

Ruta.

Tiempo aproximado de transmisión.

Posibilidad de enviar un segundo observador.

La conversación se volvió más técnica.

Más breve.

Más rápida.

La transformación desapareció completamente de sus pensamientos.

No porque hubiera dejado de existir.

Sino porque no tenía nada que hacer allí.

En aquel momento, el problema era otro.

Un ejército estaba moviéndose.

Y ella necesitaba saber hacia dónde.


08:14

—Envíe otro observador.

—Sí, Sire.

—No quiero una interpretación.

—Comprendido.

—Quiero saber qué ha visto.

—Sí, Sire.

—Si puede identificar unidades, que las identifique.

El ayudante asintió.

—Y si no puede...

Napoleón dejó la frase incompleta.

El hombre comprendió.

—Informará de que no puede.

—Exactamente.

El ayudante saludó y salió.

Napoleón permaneció sola otra vez.

Miró la puerta.

Después el mapa.

Después el despacho.

No había conseguido la respuesta que buscaba.

Pero había conseguido algo.

Ahora sabía exactamente qué parte de su conocimiento era débil.

Y eso era mucho más útil que una certeza falsa.

Se acercó al mapa.

Su dedo volvió a detenerse sobre el sur.

Telnitz.

Sokolnitz.

Pratzen.

La geometría comenzaba a adquirir sentido.

Pero todavía faltaba una pieza.

Una sola pieza podía cambiar la interpretación de todas las demás.

Napoleón sabía cuál era.

Davout.


08:18

Esta vez el ruido llegó desde fuera acompañado de una voz conocida.

—¡Dejad paso!

Napoleón se volvió.

La lona se abrió.

Berthier apareció en la entrada.

Tenía un papel en la mano.

No venía solo.

Detrás de él había un oficial cubierto de polvo.

Berthier entró primero.

—Sire.

Napoleón observó el despacho.

—¿Davout?

Berthier negó con la cabeza.

—Todavía no.

Napoleón no mostró decepción.

—Entonces, ¿qué tenemos?

Berthier se acercó.

—Una actualización del sector meridional.

Napoleón extendió la mano.

Berthier le entregó el documento.

—La observación es más reciente que la anterior.

Napoleón empezó a leer.

—¿Cuánto más reciente?

—No podemos establecerlo con exactitud.

Napoleón levantó los ojos.

Berthier continuó:

—El oficial que la transmitió indica que la observación se realizó después de la anterior, pero no proporciona una hora precisa.

Napoleón volvió al papel.

Eso era mejor.

No porque tuviera una hora.

Porque ahora sabía que no la tenía.

—¿Qué ha visto?

Berthier miró brevemente al oficial.

—Más movimiento hacia el sur.

Napoleón leyó otra línea.

—¿Más tropas?

—Eso parece.

—¿Parece?

Berthier respondió sin alterarse.

—No se ha podido calcular la fuerza con suficiente precisión.

Napoleón asintió.

—Bien.

Siguió leyendo.

Una columna.

Otra.

Movimiento.

Dirección.

Una referencia a las alturas.

Otra observación incompleta.

Napoleón dejó el documento sobre la mesa.

Berthier esperó.

—Esto empieza a parecerse a una pauta.

Berthier no respondió inmediatamente.

—Sí, Sire.

Napoleón lo miró.

—Pero todavía no es una confirmación.

—No, Sire.

Silencio.

Napoleón volvió al mapa.

—¿Qué sabemos de Davout?

—Todavía esperamos noticias.

—¿Y la última información?

—Su movimiento continúa conforme a las órdenes recibidas.

Napoleón giró ligeramente la cabeza.

—Eso no responde a mi pregunta.

Berthier entendió inmediatamente.

—No sabemos exactamente dónde está, Sire.

Napoleón asintió.

Por primera vez desde que había recibido el primer despacho, pareció satisfecha.

No porque la situación fuera buena.

Porque ahora todos estaban hablando de la misma manera.

Lo que sabían.

Lo que no sabían.

Y lo que creían.

No había nada más peligroso que confundir una cosa con otra.

Napoleón apoyó ambas manos sobre la mesa.

Miró el mapa.

Después el informe.

Después a Berthier.

—Quiero otro despacho.

—Sí, Sire.

—Y esta vez quiero que se compare con los anteriores.

Berthier esperó.

—No quiero solamente saber qué han visto.

Napoleón señaló las hojas.

—Quiero saber qué ha cambiado desde que lo vieron la última vez.

Berthier comprendió.

—Sí, Sire.

Se volvió hacia la salida.

—Berthier.

El mariscal se detuvo.

—Sire.

Napoleón señaló el sur.

—Y averigüe dónde está Davout.

—Inmediatamente.

Berthier salió.

La lona volvió a caer.

Napoleón quedó otra vez sola.

Afuera, el ejército seguía moviéndose.

Caballos.

Carros.

Mensajeros.

Hombres.

Órdenes.

Todo avanzaba.

Pero todavía no lo suficiente.

Napoleón tomó el primer informe.

Lo colocó junto al segundo.

Luego junto al tercero.

Tres observaciones.

Tres momentos distintos.

Tres fragmentos del mismo movimiento.

Los contempló durante unos segundos.

Después volvió a mirar las alturas.

No estaban vacías.

No estaban ocupadas.

No estaban abandonadas.

No todavía.

No lo sabía.

Y por el momento eso era exactamente lo que debía saber.

La próxima información sería más importante.

No porque fuera necesariamente mejor.

Sino porque llegaría después.

Y en una campaña, el tiempo podía convertir un informe verdadero en un informe viejo.

Napoleón volvió a tomar la pluma.

Esperó.

08:22.

El siguiente despacho todavía no había llegado.

Pero ya estaba en camino.

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