Napoleón — 1 de diciembre de 1805
La Historia no espera a nadie.
¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?
Capítulo 22
Cuartel General francés, Moravia
La voz del oficial había desaparecido detrás de la lona.
Durante unos segundos, dentro de la tienda, no quedó más sonido que el que llegaba del exterior.
Caballos.
Pasos.
El ruido apagado de hombres desplazándose sobre el suelo húmedo.
Alguna orden pronunciada a distancia.
Napoleón permaneció inmóvil junto a la mesa.
Sobre ella seguían extendidos los mapas.
El centro de su atención continuaba siendo el mismo.
Pratzen.
Telnitz.
Sokolnitz.
Y, más al sur, el espacio por el que debía encontrarse Davout.
No había recibido todavía la pieza que necesitaba.
Pero aquello no significaba que no estuviera allí.
Quizá simplemente aún no había llegado.
Napoleón bajó los ojos hacia el mapa.
Con el dedo índice recorrió lentamente la línea que unía las alturas con los pueblos del sur.
Los movimientos enemigos que habían llegado hasta el momento seguían siendo compatibles con su concepción.
Eso era importante.
Pero no era suficiente.
Un movimiento podía ser favorable a su hipótesis sin haber sido provocado por ella.
Una columna podía desplazarse hacia el sur por una razón completamente distinta.
Un oficial podía observar una concentración y describirla correctamente sin comprender su propósito.
Y un informe que llegase ahora podía estar describiendo algo que había ocurrido mucho antes.
Napoleón había aprendido hacía mucho tiempo que la guerra estaba llena de esas trampas.
El mapa mostraba posiciones.
Los informes mostraban movimientos.
Pero ninguno de los dos mostraba directamente las intenciones de un ejército enemigo.
Levantó la cabeza.
—¿Qué hora?
Uno de los oficiales próximos a la mesa respondió inmediatamente.
—Las ocho y veintidós, Sire.
Napoleón asintió.
Ocho y veintidós.
Guardó la hora.
No porque necesitara recordar el minuto.
Porque necesitaba recordar cuándo había sabido cada cosa.
Volvió al mapa.
Los aliados se estaban moviendo.
Eso parecía cada vez más claro.
Pero todavía había una pregunta que permanecía abierta.
¿Cuánto se estaban moviendo?
Y, sobre todo:
¿qué habían dejado detrás?
Napoleón apoyó ambas manos sobre la mesa.
No necesitaba que alguien le dijera que Pratzen estaba vacío.
Necesitaba saber qué fuerzas seguían allí.
La diferencia era enorme.
Una posición podía parecer debilitada sin estar abandonada.
Una altura podía estar ocupada por una fuerza pequeña.
Una columna podía haber comenzado a desplazarse mientras otra permanecía todavía en su posición.
La guerra no se decidía con palabras como mucho o poco.
Se decidía con unidades.
Con distancias.
Con tiempos.
Con hombres.
Con artillería.
Con caminos.
—Que continúen buscando información —dijo.
—Sí, Sire.
El oficial se retiró.
Napoleón volvió a quedarse sola.
Durante unos instantes observó el mapa sin tocarlo.
Había una sensación que reconocía.
No era incertidumbre.
Al menos, no exactamente.
Era algo más incómodo.
La sensación de estar contemplando una estructura cuyas líneas principales comenzaban a hacerse visibles, mientras faltaban todavía algunos puntos esenciales para saber si realmente formaban la figura que ella creía ver.
Su hipótesis seguía siendo la misma.
Los aliados estaban desplazando fuerzas hacia el sur.
Eso favorecía la lectura que había hecho del terreno y de la disposición enemiga.
Pero todavía existían alternativas.
Y Napoleón no iba a eliminarlas simplemente porque una de ellas le resultase conveniente.
Tomó el compás.
Lo abrió sobre el mapa.
Midió una distancia.
Después otra.
La cerró.
No había necesidad de precisión absoluta.
Solo necesitaba comprobar proporciones.
Si determinadas fuerzas avanzaban hacia el sur, la distancia entre ellas y el centro aliado comenzaría a adquirir importancia.
Si además aquellas fuerzas continuaban desplazándose...
Napoleón dejó el compás sobre la mesa.
Entonces oyó pasos.
Esta vez no eran los de un mensajero apresurado.
Eran firmes.
Conocidos.
La lona se abrió.
Berthier apareció en la entrada.
—Sire.
Napoleón levantó la mirada.
—¿Noticias?
Berthier avanzó hacia la mesa.
Llevaba varios papeles en la mano.
—Un nuevo informe.
Napoleón extendió la mano.
Berthier se lo entregó.
Ella no lo abrió inmediatamente.
—¿De dónde?
—De la red de observación del sector meridional.
—¿Hora de la observación?
Berthier consultó uno de los documentos.
—No está indicada con precisión, Sire. El oficial habla de la mañana.
Napoleón levantó ligeramente las cejas.
—¿La mañana?
—Sí.
Ella miró el papel.
Después a Berthier.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo lo que figura en el informe.
Napoleón abrió el documento.
Leyó.
Una vez.
Luego volvió a leerlo más despacio.
El contenido era sencillo.
Se habían observado movimientos aliados hacia el sur.
La actividad continuaba.
Había columnas desplazándose en dirección a la zona de Telnitz y Sokolnitz.
Nada más.
No una fuerza exacta.
No una identificación completa.
No una posición precisa de todas las unidades.
No una confirmación sobre Pratzen.
Napoleón dejó el papel.
—¿Esto es una observación directa?
—Eso parece.
—¿Parece?
Berthier comprendió inmediatamente la pregunta.
—El informe procede de un observador avanzado. No tenemos todavía confirmación independiente.
Napoleón asintió.
Eso era mejor.
Mucho mejor.
No porque la noticia fuese extraordinaria.
Precisamente porque no lo era.
Era una observación.
Nada más.
—Entonces escríbalo así.
Berthier esperó.
—¿Sire?
—No diga que los aliados han abandonado las alturas.
—No lo dice el informe.
—Tampoco diga que las alturas están débilmente defendidas.
Berthier asintió.
—Entiendo.
Napoleón señaló el documento.
—Esto dice que se han observado columnas desplazándose hacia el sur. Eso es lo que sabemos.
Su dedo descendió hasta el mapa.
—Lo demás todavía lo interpretamos.
Berthier permaneció en silencio.
Napoleón sabía que el mariscal comprendía perfectamente la diferencia.
—¿Y Davout?
—Todavía no tenemos confirmación de su posición exacta.
Napoleón levantó la mirada.
—¿Ninguna?
—No todavía.
Aquello sí era un problema.
No grave.
Pero real.
Davout estaba demasiado lejos para que Napoleón pudiera permitirse imaginar su posición.
El propio dispositivo previsto para él dependía del tiempo.
Y el tiempo dependía de la distancia.
Y la distancia dependía de saber dónde estaba realmente.
Napoleón tomó otro papel.
—¿Cuándo salió la última información sobre él?
Berthier consultó sus notas.
—No puedo darle una hora exacta, Sire.
Napoleón asintió lentamente.
Otra vez la misma dificultad.
Un informe podía ser cierto.
Y, sin embargo, llegar tarde.
Podía describir una posición que ya no era la actual.
Podía ser exacto en todo lo que afirmaba y resultar insuficiente para responder a la pregunta que ella tenía delante.
Napoleón miró a Berthier.
—Necesito saber cuándo fue observado, cuándo fue escrito y cuándo llegó aquí.
Berthier asintió.
—Haré que lo comprueben.
—Y quiero saber qué parte es observación y qué parte procede de la interpretación del oficial.
—Sí, Sire.
Berthier recogió el documento.
Pero antes de retirarse, Napoleón lo detuvo.
—Berthier.
El mariscal se volvió.
—Sire.
—Que continúen observando Pratzen.
Una pausa.
—Y Telnitz y Sokolnitz.
—Sí, Sire.
—No necesito que me digan lo que creen que está haciendo el enemigo.
Berthier esperó.
Napoleón volvió a mirar el mapa.
—Necesito saber lo que está haciendo.
Berthier inclinó la cabeza.
—Comprendido, Sire.
Y salió.
Napoleón permaneció sola.
Afuera, el Cuartel General seguía moviéndose.
Nada había cambiado.
Y, al mismo tiempo, algo sí.
El nuevo informe no había demostrado su hipótesis.
Pero tampoco la había debilitado.
Eso tenía valor.
Napoleón volvió a leer mentalmente las palabras esenciales.
Movimientos hacia el sur.
La misma dirección.
Otra observación.
Otra pieza.
Todavía no suficiente.
Pero otra pieza.
Se inclinó sobre el mapa.
Pratzen continuaba allí.
Quieto.
Silencioso.
Una altura dibujada sobre el papel.
El ejército aliado, sin embargo, no estaba quieto.
Napoleón entrecerró ligeramente los ojos.
Si su interpretación era correcta, el movimiento hacia el sur debía continuar.
Y si continuaba...
La distancia entre las fuerzas que se desplazaban y las que permanecían en el centro comenzaría a importar cada vez más.
Eso era precisamente lo que quería comprobar.
No necesitaba adelantarse.
No necesitaba adivinar.
Solo necesitaba observar.
Esperar.
Comparar.
Y volver a preguntar.
¿Qué estaba ocurriendo realmente?
Napoleón tomó una pluma.
En un margen del mapa escribió una pequeña anotación.
No una orden.
No una conclusión.
Una pregunta.
Pratzen — fuerzas restantes.
Debajo añadió:
Davout — posición actual.
Se detuvo.
Después escribió una tercera:
Telnitz / Sokolnitz — extensión del movimiento.
Contempló las tres líneas.
Aquello era lo que faltaba.
No la estrategia.
La prueba.
Napoleón dejó la pluma.
Por primera vez aquella mañana, su pensamiento adquirió una forma más definida.
No era todavía certeza.
Pero tampoco era simple posibilidad.
La hipótesis empezaba a ganar peso.
Ahora necesitaba saber cuánto.
Y afuera, en algún punto entre las alturas de Pratzen y los caminos que descendían hacia el sur, otros hombres continuaban observando.
Pronto llegarían más informes.
Napoleón lo sabía.
Lo único que todavía no sabía era qué dirían.
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