Napoleón — 1 de diciembre de 1805

    La Historia no espera a nadie.

¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?

Capítulo 17

1 de diciembre de 1805 — después de las 07:10

Cuartel General francés, Moravia

El silencio duró unos segundos después de que Napoleón retirara la mano del mapa.

No era un silencio completo.

Nunca lo era.

Al otro lado de la lona se escuchaban pasos apresurados sobre el suelo endurecido por el frío. Una voz llamó a un soldado. Más lejos, un caballo golpeó una vez el suelo con una de las patas delanteras y resopló. El cuero de una correa crujió mientras alguien ajustaba una silla.

Dentro de la tienda, una vela vaciló ligeramente.

Berthier seguía inclinado sobre el mapa.

Napoleón observó las líneas trazadas sobre el papel.

Raigern.

Telnitz.

Sokolnitz.

Pratzen.

Los nombres parecían inmóviles.

Las tropas no.

—¿Qué hora tiene ese despacho? —preguntó.

Berthier levantó la vista.

—El de Raigern, Sire.

—Sí.

El mariscal buscó entre los documentos que había dejado a un lado.

—La observación que contiene fue realizada antes de su redacción.

Napoleón esperó.

Berthier pasó un dedo por una línea escrita.

—La hora exacta de observación no aparece.

Napoleón extendió la mano.

—Déjeme verlo.

Berthier se lo entregó.

Napoleón leyó.

Una vez.

Después volvió al principio.

No había mucho.

Precisamente por eso le interesaba.

Un movimiento.

Una dirección.

Una posición.

Y una ausencia.

La hora.

Napoleón dejó el papel sobre la mesa.

—¿Quién lo ha redactado?

—El oficial que lo transmite no es el mismo que realizó la observación.

—¿Y sabe quién observó?

—Lo estoy haciendo averiguar.

Napoleón asintió.

No había impaciencia en el gesto.

Solo cálculo.

Tomó el compás que descansaba junto al mapa y lo sostuvo entre los dedos.

—Si la observación fue hecha hace una hora, ¿qué valor tiene ahora?

Berthier miró el mapa.

—Depende de la unidad.

—¿Y si es infantería?

—Podríamos establecer una zona probable.

—¿Y si ha encontrado tráfico?

—La estimación pierde precisión.

—¿Y si ha cambiado de dirección?

Berthier levantó ligeramente las cejas.

—Entonces puede perderla por completo.

Napoleón dejó el compás.

—Exactamente.

Fuera volvió a escucharse el ruido de un caballo.

Esta vez fueron dos golpes secos.

Napoleón volvió a mirar el despacho.

El movimiento de una columna podía ser cierto.

La información podía ser correcta.

Y, sin embargo, la posición que describía podía haber dejado de existir.

No había contradicción.

Había tiempo.

Ese era el problema.

—No quiero que los oficiales se acostumbren a escribir simplemente dónde han visto una columna —dijo.

Berthier tomó una pluma.

—¿Qué desea que indiquemos?

—Dónde. Cuándo. Quién la vio. Cuándo lo comunicó.

Berthier escribió.

Napoleón continuó:

—Y si el oficial sabe qué camino tomó, que lo indique.

—Sí, Sire.

—Si conoce la dirección, también.

Berthier anotó la última palabra.

Napoleón señaló con un dedo el mapa.

—Una columna no permanece donde la hemos visto solo porque nosotros sigamos mirando el mismo papel.

Berthier alzó la vista.

—No, Sire.

Napoleón guardó silencio.

Durante un instante, sus ojos permanecieron sobre la zona situada al sur.

El enemigo estaba moviéndose.

Eso era evidente.

No necesitaba inventar una maniobra invisible.

Había suficiente actividad para saber que algo importante estaba ocurriendo.

La cuestión era otra.

¿Qué parte de esa actividad respondía exactamente al propósito que él suponía?

Su dedo se desplazó lentamente hacia Pratzen.

No lo tocó.

Se detuvo antes.

—¿Tenemos una observación reciente de las alturas?

—No una que permita establecer con seguridad qué fuerzas permanecen allí.

Napoleón asintió.

Eso era importante.

No saber también era información.

—Entonces no escriba que las alturas están descubiertas.

Berthier dejó la pluma.

—No lo había hecho, Sire.

—Bien.

Napoleón tomó el despacho nuevamente.

—Pero tampoco escriba que están intactas.

Berthier comprendió.

—Dejar la situación abierta.

—Dejarla como está.

Un instante.

—Desconocida.

Berthier asintió.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Desconocida.

Napoleón había aprendido hacía mucho tiempo que un comandante podía cometer más errores intentando rellenar los espacios vacíos de un mapa que aceptando que existían.

Se oyó movimiento al otro lado de la lona.

Después, una voz:

—¡Despacho para el mariscal Berthier!

Berthier levantó la cabeza.

—Adelante.

La lona se abrió.

Entró un oficial cubierto de polvo y humedad.

El aire frío penetró inmediatamente en la tienda.

El hombre se cuadró.

—Sire. Mariscal.

Napoleón lo miró.

—¿De dónde viene?

—De la dirección de Raigern, Sire.

La respuesta hizo que Berthier apartara ligeramente los documentos.

Napoleón no hizo ningún gesto.

—¿Cuándo salió?

—No puedo precisarlo, Sire.

Napoleón esperó.

—El despacho me fue entregado durante el camino.

—Eso no responde a mi pregunta.

El oficial tragó saliva.

—No, Sire.

Napoleón señaló el documento.

—¿Cuándo recibió usted este papel?

—Hace poco más de media hora.

—¿Y cuándo fue redactado?

El oficial miró a Berthier.

—No lo sé, Sire.

Napoleón extendió la mano.

Berthier le entregó el documento.

—¿Quién se lo entregó?

—Un oficial de enlace.

—¿Que venía de Raigern?

—Sí, Sire.

Napoleón abrió el despacho.

Leyó las primeras líneas.

No había necesidad de apresurarse.

El oficial permanecía inmóvil.

—¿Vio usted las tropas?

—No directamente, Sire.

Napoleón levantó los ojos.

—Entonces no me diga que viene de Raigern como si hubiera visto allí al mariscal Davout.

El oficial bajó la cabeza.

—No, Sire.

—¿Qué vio?

—La columna en la carretera.

—¿Qué columna?

—Tropas francesas.

—¿Qué tropas?

—No pude identificar la división.

Napoleón volvió al papel.

Aquello era mejor.

No porque fuera una buena noticia.

Porque era una información que sabía exactamente cuánto valía.

—¿Cuándo las vio?

El oficial dudó.

—No puedo decirlo con exactitud.

Napoleón lo observó durante un momento.

—Entonces no lo sabe.

—No, Sire.

—Está bien.

El oficial pareció sorprendido.

Napoleón volvió al mapa.

—¿En qué dirección marchaban?

—Hacia Raigern.

Esta vez Napoleón asintió.

Eso sí podía utilizarse.

Una dirección.

No una posición exacta.

—¿La carretera estaba despejada?

—Había tráfico, Sire.

—¿Militar?

—Sí.

—¿Mucho?

—No sabría estimarlo.

Napoleón hizo un gesto para que se retirara.

—Puede irse.

—Sire.

El oficial salió.

La lona volvió a caer.

El ruido del viento desapareció parcialmente.

Berthier miró a Napoleón.

—La información no nos dice mucho.

Napoleón sostuvo el despacho entre los dedos.

—Nos dice exactamente lo que puede decirnos.

—Una columna francesa se dirige hacia Raigern.

—Y alguien la observó.

—Sí, Sire.

—Pero no sabemos cuándo.

—No.

—Ni qué unidad era.

—No.

—Ni dónde se encuentra ahora.

Berthier negó con la cabeza.

Napoleón dejó el documento.

—Entonces sabemos que se mueve.

Miró hacia Raigern.

—No dónde está.

Berthier sonrió apenas.

—La diferencia parece pequeña.

Napoleón lo miró.

—En una batalla, puede ser la diferencia entre una orden correcta y una orden inútil.

Berthier dejó de sonreír.

—Sí, Sire.

Napoleón volvió al mapa.

La punta de su dedo recorrió lentamente la carretera.

Raigern estaba lejos.

Demasiado lejos para contemplar directamente lo que ocurría allí.

Y precisamente por eso la llegada de Davout importaba.

No porque le revelara lo que los Aliados pensaban hacer.

Sino porque cada hombre que consiguiera poner allí reducía el riesgo de mantener aquella parte del ejército expuesta.

Napoleón retiró la mano.

Eso sí era una cuestión que podía medir.

No sabía cuánto comprometería el enemigo.

No sabía cuánto tiempo continuaría su movimiento hacia el sur.

No sabía qué ocurría exactamente en las alturas.

Pero podía intentar asegurarse de que, si había calculado correctamente, su propia ala derecha no se derrumbara antes de que pudiera aprovecharlo.

Berthier volvió a ordenar los papeles.

—¿Desea que envíe una nueva petición de información sobre Raigern?

Napoleón permaneció unos segundos en silencio.

—Sí.

Berthier tomó la pluma.

—¿Qué debemos preguntar?

Napoleón respondió sin apartar los ojos del mapa.

—Hora de llegada.

Berthier escribió.

—Fuerzas presentes.

Otra línea.

—Hora de la última observación.

Otra.

—Y que distingan entre lo que han visto personalmente y lo que les hayan comunicado.

Berthier levantó la vista.

—Sí, Sire.

Napoleón señaló el despacho anterior.

—Y que no me den una posición estimada como si fuera una posición confirmada.

—Lo recordaré.

Napoleón hizo un pequeño gesto.

—No lo recuerde usted. Hágalo recordar a todos.

Berthier inclinó la cabeza.

—Sí, Sire.

La pluma volvió a raspar el papel.

Durante unos instantes solo se escuchó ese sonido.

Napoleón permaneció de pie.

La tienda empezaba a llenarse de la luz gris de la mañana.

El día avanzaba.

Los soldados ya estaban en movimiento.

Los caballos también.

Y, mucho más al sur, las columnas continuaban desplazándose.

Napoleón miró de nuevo hacia Pratzen.

Esta vez no tocó las alturas.

Todavía no.

No necesitaba decidir qué significaban.

Todavía.

Necesitaba saber qué estaba ocurriendo realmente.

Y para eso, por el momento, solo podía esperar el siguiente informe.

Fuera, un mensajero pasó corriendo junto a la tienda.

Un caballo relinchó.

Después se oyó el sonido de los cascos alejándose por el barro.

Napoleón siguió mirando el mapa.

El ejército enemigo se movía.

La información llegaba tarde.

Y el tiempo, como siempre, no esperaba a ningún despacho.

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