Napoleón — 1 de diciembre de 1805

     La Historia no espera a nadie.

¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?

Capítulo 19

1 de diciembre de 1805 — aproximadamente 07:25

Cuartel General francés, Moravia

Quizá el enemigo acabaría dándole la información que necesitaba.

Napoleón mantuvo los ojos sobre el mapa.

Durante unos segundos no dijo nada.

La vela situada junto al borde de la mesa había consumido ya una parte considerable de la cera. La llama osciló cuando una corriente de aire se filtró por alguna abertura de la tienda y proyectó una sombra breve sobre las líneas trazadas en el papel.

Berthier esperaba.

Napoleón pasó lentamente un dedo por una de las carreteras dibujadas.

—¿Cuándo salió el despacho?

Berthier bajó la mirada hacia los documentos.

—No lo sabemos con exactitud, Sire.

—No cuándo llegó.

Berthier comprendió inmediatamente la diferencia.

—Cuándo salió.

—Sí.

Volvió a revisar los papeles.

—La hora no aparece.

Napoleón retiró la mano del mapa.

—Entonces seguimos sin saber cuánto tiempo lleva siendo cierta la información.

Berthier no respondió inmediatamente.

Aquello era precisamente lo que acababan de establecer.

El despacho podía ser correcto.

La observación podía haber sido correcta.

Pero entre ambas cosas y el momento presente existía un intervalo que nadie había conseguido medir.

Napoleón levantó la vista.

—¿Podemos averiguarlo?

—Puedo preguntar al oficial que lo recibió.

—No.

La respuesta salió demasiado deprisa.

Berthier esperó.

Napoleón volvió a mirar el documento.

—Pregunte a quien lo recibió quién se lo entregó. Y a ese hombre, quién se lo entregó antes. Quiero reconstruir la cadena.

—Sí, Sire.

—Y quiero la hora de cada transmisión.

Berthier tomó nota.

La pluma volvió a raspar el papel.

Napoleón se quedó inmóvil.

No era una cuestión complicada.

En realidad, era una cuestión elemental.

Un ejército no era un dibujo estático sobre un mapa.

Las unidades marchaban.

Los mensajeros viajaban.

Los caminos se congestionaban.

Las órdenes tardaban.

Una columna que había sido observada en un punto determinado podía haber recorrido una distancia considerable antes de que la noticia llegara al Cuartel General.

Y, sin embargo, el papel continuaba allí.

Quieto.

Precisamente por eso podía resultar engañoso.

Napoleón volvió al mapa.

La carretera hacia Raigern.

Su mirada siguió el trazado durante unos instantes.

Davout debía estar avanzando.

Eso era lo que esperaba.

Sabía cuánto podían recorrer sus hombres. Conocía la distancia. Conocía las condiciones generales. Podía calcular una posición probable.

Pero una posición probable seguía siendo una posición probable.

Necesitaba una noticia reciente.

No necesariamente una noticia mejor.

Más reciente.

La diferencia era importante.

—¿Tenemos algún correo de Davout?

Berthier levantó la cabeza.

—No desde el despacho anterior.

Napoleón asintió lentamente.

No mostró irritación.

—Entonces necesitamos uno.

Berthier hizo una nueva anotación.

—Enviaré un mensajero.

Napoleón negó con la cabeza.

—Varios.

Berthier se detuvo.

—¿Varios, Sire?

—Necesito una respuesta cuanto antes.

Una pausa.

—Si uno se retrasa, perdemos tiempo. Si enviamos dos y llegan por caminos diferentes, tendremos más posibilidades de recibir una respuesta antes.

Berthier asintió.

—Sí, Sire.

Napoleón volvió a mirar el mapa.

Esta vez no señaló Raigern.

Su dedo quedó unos centímetros más arriba.

En las alturas.

Pratzen.

No había ninguna confirmación allí.

Solo informes.

Movimientos.

Columnas que parecían dirigirse hacia el sur.

Napoleón dejó que la mirada recorriera lentamente la zona.

Los datos comenzaban a formar una imagen.

Pero todavía no era una imagen completa.

Eso era lo que le molestaba.

No la ausencia de información.

La existencia de información suficiente para construir una hipótesis, pero insuficiente para convertirla en certeza.

—¿Y los informes del sur?

Berthier buscó entre los documentos.

—Hay dos más.

Los colocó sobre la mesa.

Napoleón no los tomó inmediatamente.

—¿Qué dicen?

—Actividad aliada. Movimiento hacia el sur.

—¿Las horas?

Berthier las indicó.

Napoleón escuchó.

Una diferencia.

Después otra.

Nada extraordinario.

Pero suficiente.

—¿Proceden de la misma fuente?

—No.

Eso era mejor.

Napoleón tomó el primero.

Lo leyó.

Después el segundo.

No necesitaba que ambos dijeran exactamente lo mismo.

De hecho, que no lo hicieran podía ser útil.

Lo importante era saber si las diferencias podían reconciliarse.

—¿Quién observó el primer movimiento?

Berthier respondió.

—Un oficial.

—¿Y el segundo?

—Otro informe procede de una unidad distinta.

Napoleón levantó ligeramente la mirada.

—Bien.

Berthier esperó.

—Dos observaciones independientes.

—Sí, Sire.

Napoleón volvió al papel.

Las columnas aliadas se estaban moviendo.

Eso parecía cada vez más claro.

Pero todavía faltaba saber qué significaba aquel movimiento.

Podía ser una concentración.

Podía formar parte de una maniobra más amplia.

Podía responder a las posiciones francesas.

Podía obedecer a una intención que el Cuartel General francés todavía no comprendía.

Y había otra pregunta.

La más importante.

¿Quién seguía ocupando las alturas?

Napoleón apoyó ambas manos sobre la mesa.

No necesitaba una respuesta definitiva todavía.

Pero necesitaba acercarse a ella.

—Quiero otro informe.

Berthier levantó la pluma.

—¿Sobre las columnas del sur?

Napoleón negó lentamente.

—Sobre las alturas.

Berthier esperó la formulación exacta.

—No pregunte qué creemos que están haciendo.

Una pausa.

—Pregunte qué se ha visto.

La pluma volvió a moverse.

—Sí, Sire.

—Cuántos hombres.

Berthier escribió.

—Qué unidades, si pueden identificarse.

Otra anotación.

—Qué posiciones ocupan.

Otra.

—Y cuándo fueron observadas.

Napoleón señaló los documentos que tenía delante.

—Quiero saber si estamos mirando el mismo ejército en momentos distintos.

Berthier levantó los ojos.

Napoleón continuó:

—O si estamos recibiendo observaciones de movimientos diferentes.

Aquello hizo que Berthier permaneciera un instante en silencio.

Después asintió.

—Comprendo, Sire.

Napoleón volvió a mirar el mapa.

La tienda seguía funcionando a su alrededor.

Pasos.

Voces amortiguadas.

El roce de una lona.

Un caballo que relinchó en algún punto del exterior.

Un oficial pasó junto a la entrada sin entrar.

Durante unos segundos, Napoleón no escuchó nada de aquello.

Solo veía el mapa.

El enemigo estaba moviéndose.

Eso era un hecho.

Pero un hecho no era todavía una explicación.

Su mirada volvió a detenerse sobre Pratzen.

Si aquellas fuerzas continuaban descendiendo hacia el sur...

La idea apareció por sí sola.

No la rechazó.

Tampoco la aceptó.

Simplemente la dejó allí.

Era una posibilidad.

Una posibilidad cada vez más interesante.

Pero necesitaba saber qué estaba ocurriendo ahora.

No lo que había ocurrido una hora antes.

No lo que un oficial había supuesto.

No lo que alguien había transmitido después de observarlo.

Ahora.

Napoleón levantó finalmente la cabeza.

—Berthier.

—Sire.

—Averigüe quién puede ver las alturas.

Berthier dejó de escribir.

—¿Quiere un reconocimiento?

Napoleón pensó durante un instante.

—Todavía no.

Sus ojos regresaron al mapa.

—Primero quiero saber qué información podemos obtener sin mover nada.

Berthier asintió.

—Sí, Sire.

Napoleón hizo un pequeño gesto con la mano.

Berthier comenzó a recoger los documentos.

Cuando llegó a la entrada de la tienda, la voz de Napoleón lo detuvo.

—Y Berthier.

El mariscal se volvió.

—Sire.

Napoleón señaló los despachos sobre la mesa.

—No me traiga conclusiones.

Berthier esperó.

—Tráigame hechos.

—Sí, Sire.

Napoleón volvió a inclinarse sobre el mapa.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

El Cuartel General continuaba moviéndose alrededor de ellos. Pasos, voces amortiguadas, el roce de una lona, un caballo que relinchó en algún punto del exterior.

Napoleón tomó de nuevo el compás.

No estaba intentando adivinar.

Estaba calculando.

Porque podía calcular dónde debería encontrarse una unidad. Podía calcular cuánto tiempo necesitaba una columna. Podía calcular qué posiciones podían quedar expuestas si un ejército continuaba moviéndose.

Pero había una diferencia entre calcular el movimiento de un ejército y verificarlo.

Y esa diferencia empezaba a hacerse cada vez más importante.

Berthier permanecía a su lado, esperando nuevas instrucciones.

Napoleón cerró lentamente el compás.

Sus ojos volvieron a detenerse sobre Pratzen.

—Veamos —murmuró.

No había certeza en su voz.

Todavía no.

Solo una pregunta.

Y la necesidad creciente de encontrar la respuesta.

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