Napoleón — 1 de diciembre de 1805

   La Historia no espera a nadie.

¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?

Capítulo 24

1 de diciembre de 1805 — aproximadamente 08:40
Cuartel General francés, Moravia

La pluma permaneció inmóvil sobre el mapa.

Napoleón no había retirado la mano.

En la mesa, entre las líneas trazadas con tinta y las pequeñas anotaciones hechas durante la mañana, una palabra ocupaba ahora un espacio desproporcionado.

Pratzen.

Debajo había escrito:

¿Quién permanece?

La pregunta seguía sin respuesta.

Fuera de la tienda, el Cuartel General continuaba moviéndose.

Pasos.

Voces.

El ruido seco de los cascos sobre el terreno endurecido por el frío.

Un caballo relinchó a poca distancia.

Después, el ruido desapareció entre otros sonidos.

Napoleón levantó ligeramente la cabeza.

Esperó.

No tenía sentido volver a mirar el mapa.

La respuesta no estaba allí.

Estaba en algún lugar más al este.

O más al sur.

En las alturas.

En los caminos.

En la red de hombres que observaban al enemigo.

Volvió a mirar la palabra.

Pratzen.

No necesitaba saber todavía qué significaba.

Necesitaba saber quién estaba allí.

Y, sobre todo, quién había dejado de estarlo.

Una voz sonó al otro lado de la lona.

—Sire.

Napoleón levantó la mirada.

—Entre.

La lona se abrió.

Un oficial apareció con el frío detrás de él.

Llevaba un documento doblado.

Napoleón reconoció inmediatamente el gesto de quien había recorrido una distancia considerable para entregar algo que consideraba importante.

El hombre avanzó hasta la mesa.

—Otro informe, Sire.

—¿Cuándo fue observado?

El oficial vaciló apenas un instante.

—Hace algún tiempo.

Napoleón levantó los ojos.

—¿Cuánto?

—No puedo precisarlo, Sire.

—Entonces no diga «hace algún tiempo». Dígame cuándo llegó a manos del observador, si lo sabe. Y cuándo salió de allí.

El oficial miró el documento.

—Fue recogido hace pocos minutos.

—Eso es cuándo fue recogido. No cuándo ocurrió.

—No tengo la hora exacta del avistamiento.

Napoleón extendió la mano.

—Déjemelo.

El oficial entregó el papel.

Napoleón lo abrió.

Leyó.

Una vez.

Después volvió al principio.

No buscaba una conclusión.

Buscaba hechos.

Columnas aliadas en movimiento hacia el sur.

Nada más.

No había una identificación completa.

No había una cifra fiable.

No había una descripción suficientemente precisa de las unidades.

Y no había una respuesta a su pregunta.

Pratzen seguía sin contestar.

Napoleón dobló lentamente el informe.

—¿El observador estaba al norte o al sur de las alturas?

—Al este, Sire.

—¿Desde qué punto?

El oficial se lo indicó.

Napoleón giró el mapa hacia él.

—Aquí.

—Sí, Sire.

La emperatriz pasó el dedo por una de las líneas.

—Entonces veía las columnas después de que comenzaran a descender.

No era una pregunta.

El oficial tardó un segundo.

—Es posible.

Napoleón asintió.

Ahí estaba el problema.

El movimiento podía ser real.

El informe podía ser correcto.

Y, sin embargo, la información podía llegar tarde.

Lo que un hombre había visto unos minutos antes podía haber dejado de ser cierto en el momento en que otro hombre lo registraba.

Volvió a mirar el mapa.

—¿Se observó si alguna fuerza permanecía en las alturas?

—El informe no lo especifica.

—¿Nada?

—Nada, Sire.

Napoleón dejó el papel.

—Entonces todavía no sabemos quién permanece.

El oficial guardó silencio.

Napoleón no parecía molesta.

Era simplemente un hecho.

Una pieza que faltaba.

—Que el siguiente informe no se limite a decir que se han visto columnas.

El oficial esperó.

—Quiero saber qué columnas.

La mujer señaló el mapa.

—Qué unidades pueden identificarse. Cuántos hombres aproximadamente. Desde dónde vienen. Hacia dónde se dirigen. Y, sobre todo...

Su dedo volvió a detenerse sobre las alturas.

—...qué fuerzas permanecen en Pratzen.

—Sí, Sire.

—Y la hora exacta de cada observación.

—Sí, Sire.

—Puede retirarse.

El oficial saludó y desapareció por la abertura.

La lona volvió a caer.

Napoleón permaneció inmóvil unos segundos.

Después tomó la pluma.

No escribió nada.

La dejó otra vez sobre la mesa.

Había algo más que la inquietaba.

No el movimiento.

El movimiento era precisamente lo que esperaba.

Era la relación entre los movimientos.

Telnitz.

Sokolnitz.

Pratzen.

Tres nombres.

Tres puntos.

Y entre ellos, un problema de tiempo.

Si una fuerza descendía hacia el sur para intervenir en Telnitz, eso no significaba necesariamente que las alturas quedaran vacías.

Si otra fuerza aparecía cerca de Sokolnitz, tampoco significaba que ambas procedieran del mismo punto.

Y si varios informes describían movimientos diferentes, tampoco podía asumir que estuvieran observando una única columna desde distintos lugares.

Podían ser movimientos simultáneos.

Podían ser movimientos sucesivos.

Podían incluso corresponder a unidades diferentes que estuvieran ejecutando partes distintas de una misma operación.

Napoleón apoyó ambas manos sobre la mesa.

La situación era más interesante precisamente porque todavía no estaba completa.

El enemigo estaba haciendo algo.

Eso parecía evidente.

La cuestión era qué.

Y la pregunta siguiente era todavía más importante:

qué posición estaba pagando el precio de ese movimiento.

Sus ojos volvieron a Pratzen.

La altura dominaba el terreno.

No necesitaba que estuviera vacía para que su hipótesis funcionara.

Necesitaba que estuviera suficientemente debilitada.

La diferencia era enorme.

Vaciar una posición era una decisión.

Debilitarla podía ser una consecuencia.

Y las consecuencias eran mucho más difíciles de observar directamente.

Napoleón tomó la pluma.

Esta vez escribió.

No una orden.

No todavía.

Simplemente añadió una pequeña anotación junto al nombre de Pratzen.

Fuerzas restantes.

Se quedó contemplándola.

Un ruido de pasos se acercó por el exterior.

Esta vez eran varios hombres.

La lona se levantó antes de que nadie anunciara al recién llegado.

Berthier entró.

—Sire.

Napoleón se volvió hacia él.

—¿Ha llegado algo más?

—Sí.

Berthier llevaba varios papeles.

Los dejó sobre la mesa, uno junto al otro.

—Tres comunicaciones.

Napoleón los miró.

—¿De tres observadores?

—De tres puntos distintos.

Aquello sí consiguió llamar completamente su atención.

—¿Coinciden?

Berthier negó con la cabeza.

—No exactamente.

Napoleón extendió la mano.

—Démelos.

Berthier se los entregó en orden.

El primero hablaba de movimiento hacia el sur.

El segundo mencionaba actividad en dirección a Sokolnitz.

El tercero era menos preciso.

Había observado tránsito de tropas y cierta actividad en las inmediaciones de las alturas.

Napoleón los leyó uno después de otro.

No dijo nada.

Berthier esperó.

La emperatriz dejó el tercer informe sobre la mesa.

—¿Cuál es el más antiguo?

Berthier señaló el primero.

—Este.

—¿Y el segundo?

—Posterior.

—¿Cuánto?

—No lo sé con exactitud.

Napoleón levantó los ojos.

Berthier ya conocía aquella mirada.

—Estoy intentando establecerlo.

—Bien.

La emperatriz volvió a los documentos.

—¿Y el tercero?

—La hora de observación tampoco está clara.

Napoleón se reclinó ligeramente.

No estaba decepcionada.

Todo lo contrario.

Tres informes.

Tres observadores.

Tres fragmentos.

Y ninguno ofrecía una imagen completa.

Era precisamente lo que necesitaba.

—No los descarte por no coincidir.

Berthier la miró.

—¿Sire?

—No tienen por qué coincidir.

Señaló el primero.

—Este hombre observa una cosa.

Después señaló el segundo.

—Este observa otra.

Finalmente, el tercero.

—Y este puede estar viendo una tercera.

Napoleón juntó los tres papeles.

—Si todos describieran exactamente lo mismo, me preocuparía más.

Berthier guardó silencio.

Napoleón señaló el mapa.

—Quiero saber si los tres movimientos pueden formar parte de una misma secuencia.

—Lo haré comprobar.

—No.

Berthier esperó.

—No quiero que comprueben nuestra interpretación. Quiero que comprueben los hechos.

Berthier asintió.

—Sí, Sire.

—Que comparen las horas. Las posiciones. Las direcciones. Y las unidades identificadas.

Volvió a mirar Pratzen.

—Y que intenten determinar qué permanece allí.

Berthier siguió la dirección de su mirada.

—Todavía no tenemos confirmación.

—No.

Napoleón hizo una pausa.

—Todavía no.

No había impaciencia en su voz.

Había algo distinto.

Una concentración cada vez más profunda.

Había pasado buena parte de la mañana construyendo una imagen a partir de fragmentos.

Ahora los fragmentos comenzaban a tocarse.

Todavía no formaban una figura completa.

Pero ya no estaban separados.

Berthier recogió los documentos.

—¿Algo más, Sire?

Napoleón negó con la cabeza.

—No.

Berthier se retiró.

La lona cayó nuevamente.

Napoleón quedó sola.

Durante unos segundos escuchó el exterior.

Un caballo.

Un hombre llamando a otro.

El ruido de un carro.

Después, pasos apresurados.

La vida del Cuartel General continuaba.

Ella volvió al mapa.

Esta vez no miró primero Pratzen.

Miró el sur.

Telnitz.

Sokolnitz.

Después siguió lentamente la línea hacia las alturas.

Había una posibilidad.

Todavía era solamente eso.

Una posibilidad.

Si las fuerzas aliadas estaban concentrando un esfuerzo importante hacia el sur...

si para sostenerlo necesitaban emplear unidades procedentes de las alturas...

si esas unidades continuaban desplazándose...

entonces la cuestión de Pratzen dejaría de ser simplemente una cuestión de vigilancia.

Se convertiría en una cuestión de oportunidad.

Napoleón no terminó la deducción.

No hacía falta.

Aún faltaban datos.

Y precisamente por eso no debía adelantarse a ellos.

Se incorporó.

Una corriente de aire frío se filtró por debajo de la lona.

Por un instante, su cuerpo reaccionó antes que su pensamiento.

Cerró un poco más el abrigo.

El gesto duró menos de un segundo.

Después volvió al mapa.

Pratzen.

¿Quién permanece?

La pregunta seguía allí.

Pero ahora ya no parecía una pregunta aislada.

Parecía el centro de todo.

Napoleón tomó de nuevo la pluma.

Y añadió una segunda línea debajo.

¿Cuántos?

Se quedó mirando ambas palabras.

Fuera, alguien gritó que llegaba un mensajero.

Napoleón levantó la cabeza.

Por primera vez desde que había comenzado aquella sucesión de informes, no sintió que estuviera esperando una confirmación de su propia hipótesis.

Estaba esperando algo más concreto.

Una cifra.

Una unidad.

Un nombre.

Cualquier cosa que permitiera convertir una impresión en conocimiento.

La voz del exterior volvió a escucharse.

Más cerca.

Los pasos se detuvieron ante la tienda.

Napoleón no apartó los ojos del mapa.

—Que entre.

La lona comenzó a levantarse.

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