Napoleón — 1 de diciembre de 1805
La Historia no espera a nadie.
¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?
Capítulo 23
1 de diciembre de 1805
≈ 08:35
Cuartel General francés, Moravia
El papel seguía sobre la mesa.
Napoleón no lo había tocado.
La tinta comenzaba a secarse en los trazos más recientes mientras, al otro lado de la lona, continuaban llegando sonidos amortiguados del campamento.
Un caballo.
Dos voces.
Pasos rápidos sobre el barro endurecido.
Después, silencio.
Napoleón permaneció inclinada sobre el mapa.
No miraba ya una posición concreta.
Miraba los espacios.
Telnitz.
Sokolnitz.
Las alturas.
Las líneas que comunicaban unas posiciones con otras.
Y, sobre todo, los tiempos.
Levantó lentamente la cabeza.
—¿A qué hora fue observado?
Berthier, que permanecía al otro lado de la mesa, bajó los ojos hacia el informe.
—El movimiento fue comunicado como observado poco después de las ocho, Sire.
Napoleón esperó.
—¿«Poco después»?
Berthier comprendió inmediatamente.
Volvió a mirar el documento.
—A las ocho y diez, según la anotación del oficial que lo transmitió.
—¿Y cuándo lo vio?
—Eso no está indicado.
Napoleón extendió una mano.
Berthier le entregó el papel.
Ella lo leyó otra vez.
La frase era breve.
Demasiado breve.
Columnas enemigas observadas descendiendo de las alturas en dirección meridional. Actividad igualmente señalada hacia Telnitz y Sokolnitz.
Napoleón volvió a dejar el documento.
—Entonces no sabemos cuándo comenzó.
—No, Sire.
—Sabemos cuándo fue visto.
—Sí.
—Y cuándo fue registrado.
—Sí.
Napoleón levantó los ojos.
—¿Y cuándo llegó hasta nosotros?
Berthier hizo una pausa.
—Poco antes de las ocho y media.
—¿Cuánto antes?
El mariscal miró a uno de los oficiales que esperaba detrás.
—¿El mensajero?
—Aproximadamente ocho minutos desde que llegó al puesto de transmisión.
Napoleón asintió.
Ocho minutos.
No parecía mucho.
En un despacho, era casi nada.
En un campo de batalla, podía ser suficiente para cambiar una posición.
Volvió al mapa.
—Un movimiento observado a las ocho y diez no es necesariamente un movimiento que continúe a las ocho y treinta y cinco.
—No, Sire.
—Puede haber terminado.
—Sí.
—Puede haberse detenido.
—Sí.
—Puede haber cambiado de dirección.
Berthier inclinó ligeramente la cabeza.
—También.
Napoleón tomó el lápiz.
No escribió.
Lo sostuvo entre los dedos mientras recorría con la mirada la zona meridional del mapa.
—¿Tenemos otro observador?
—Sí, Sire.
—¿Misma observación?
—No exactamente.
Napoleón levantó la vista.
—¿Qué significa «no exactamente»?
Berthier tomó otro papel.
—El segundo informe habla de movimiento hacia Sokolnitz. No especifica el número de columnas. El oficial indica que la visibilidad era mala.
Napoleón extendió la mano.
Otro papel.
Otra descripción.
Otra pequeña pieza.
Leyó.
Después las colocó una junto a otra.
No coincidían completamente.
Y precisamente por eso eran útiles.
Si dos hombres hubieran escrito exactamente lo mismo, quizá uno hubiera repetido al otro.
Pero habían visto cosas distintas.
Uno había visto movimiento.
El otro había distinguido una dirección.
Ninguno sabía qué significaba.
Napoleón apoyó el lápiz sobre la mesa.
—Esto es mejor.
Berthier la observó.
—¿Sire?
—Que ambos informes sean diferentes.
El mariscal no respondió.
Napoleón señaló el primero.
—Este hombre ha visto movimiento.
Señaló el segundo.
—Este ha identificado una dirección.
Después miró el mapa.
—Lo que no tenemos es la relación entre ambas cosas.
El silencio volvió a instalarse en la tienda.
Napoleón pensó.
No necesitaba que alguien le dijera que el enemigo se estaba moviendo.
Eso ya lo sabía.
Lo que necesitaba era comprender qué movimiento formaba parte de qué movimiento.
La diferencia parecía pequeña.
No lo era.
Si las fuerzas que descendían de las alturas se dirigían efectivamente hacia el sur, entonces estaban dejando atrás una posición cuya importancia conocía demasiado bien.
Pero todavía no podía saber cuántas fuerzas permanecían allí.
Ni siquiera podía afirmar que estuvieran abandonándola.
Podían estar realizando un desplazamiento temporal.
Podían estar apoyando un ataque limitado.
Podían estar reorganizándose.
Podían estar haciendo cualquier cosa.
Napoleón entrecerró los ojos.
—¿Tenemos noticias de Davout?
Berthier tardó un instante en responder.
—No una posición exacta, Sire.
—¿La última?
El mariscal consultó sus notas.
—Raygern.
Napoleón hizo un pequeño gesto con el lápiz.
No era suficiente.
La información tenía ya demasiado tiempo.
Davout podía estar más cerca.
Mucho más cerca.
Pero cuánto...
Eso era precisamente lo que faltaba.
—¿Cuándo fue recibida?
Berthier se lo indicó.
Napoleón hizo un cálculo mental.
La distancia.
El terreno.
La marcha.
Los hombres.
Los retrasos inevitables.
Después volvió al mapa.
Davout no necesitaba llegar a una hora exacta.
Necesitaba llegar antes de que fuera necesario.
La cuestión era saber cuándo sería necesario.
—¿Y Friant?
—En marcha.
Napoleón asintió.
Aquello encajaba con lo que sabía.
No era una fuerza que pudiera aparecer de repente en el campo.
Había hombres marchando desde hacía horas.
Había hombres cansados.
Había unidades que todavía debían reunirse.
La derecha francesa seguía siendo, por tanto, vulnerable.
Y esa vulnerabilidad era precisamente una de las condiciones que había querido presentar al enemigo.
Napoleón se quedó quieta.
Por primera vez desde que había recibido los informes, no miró hacia el sur.
Miró hacia el centro.
Pratzen.
La posición seguía allí en el mapa.
Inmutable.
Pero el mapa no mostraba hombres.
No mostraba fatiga.
No mostraba columnas descendiendo por las pendientes.
No mostraba oficiales dando órdenes.
Solo tinta.
Napoleón volvió a pensar.
Si los movimientos hacia el sur continuaban...
Si las fuerzas que se desplazaban eran importantes...
Si necesitaban abandonar las alturas para sostener el esfuerzo contra Telnitz y Sokolnitz...
Entonces el centro aliado podía comenzar a cambiar.
No necesariamente desaparecer.
No necesariamente quedar vacío.
Pero cambiar.
Y entonces...
Su dedo se detuvo sobre Pratzen.
No necesitaba que la posición estuviera abandonada.
Todavía no.
Necesitaba saber qué quedaba en ella.
—Berthier.
—Sire.
—Quiero que se pregunte expresamente por las alturas.
—¿Pratzen?
—Sí.
Napoleón levantó el rostro.
—No quiero que me respondan si «parece» que están abandonadas.
Berthier esperó.
—Quiero saber cuántos hombres han sido vistos allí.
El mariscal asintió.
—Entendido.
—Qué unidades, si pueden identificarlas.
Otro asentimiento.
—Y, sobre todo...
Napoleón volvió a mirar el mapa.
—...si el movimiento hacia el sur continúa.
Berthier tomó nota.
—¿Algo más?
Napoleón permaneció en silencio unos segundos.
—Sí.
Volvió a mirar el primer informe.
—Quiero las horas.
—¿Las horas?
—Todas.
Berthier levantó ligeramente las cejas.
—¿De cada observación?
—De cada una.
Napoleón señaló los papeles.
—Hora en que lo vieron. Hora en que lo anotaron. Hora en que lo transmitieron. Hora en que llegó al puesto siguiente. Hora en que llegó aquí.
El mariscal comprendió.
—Para reconstruir el retraso.
—Para reconstruir la situación.
Berthier corrigió suavemente:
—Sí, Sire.
Napoleón no respondió.
El mariscal comenzó a alejarse.
—Y Berthier.
Se detuvo.
—Que no me envíen únicamente lo que creen que significa.
—¿Sire?
Napoleón señaló el informe.
—Quiero lo que han visto.
Una pausa.
—Lo demás ya lo interpretaré yo.
Berthier inclinó la cabeza.
—Sí, Sire.
Salió.
La lona cayó detrás de él.
Napoleón quedó sola.
Durante unos instantes no hizo nada.
El ruido exterior regresó poco a poco.
Un caballo relinchó.
Alguien gritó una orden.
Un carro pasó cerca, haciendo crujir sus ruedas sobre el terreno irregular.
Napoleón apoyó ambas manos sobre la mesa.
Había aprendido hacía mucho tiempo que los ejércitos rara vez mentían.
Los informes, en cambio, podían hacerlo sin que nadie tuviera intención de engañar.
Un hombre veía una columna.
Otro veía tres.
Uno decía que avanzaba.
Otro que se retiraba.
Uno observaba desde una colina.
Otro desde un camino.
Todos podían estar diciendo la verdad.
El problema era que la verdad de cada uno ocupaba solamente una pequeña parte del campo.
Y ella necesitaba reconstruir el conjunto.
Su mirada descendió de nuevo hacia Pratzen.
No.
Todavía no.
No podía concederse esa certeza.
Aún no.
Pero había algo diferente.
Algo que empezaba a repetirse.
Telnitz.
Sokolnitz.
Movimiento hacia el sur.
Y ahora la cuestión de las alturas.
Una sola observación no significaba nada.
Dos podían ser coincidencia.
Tres empezaban a formar una dirección.
Napoleón dejó el lápiz.
Una corriente de aire frío entró por debajo de la lona.
Por un instante, su cuerpo reaccionó antes que su pensamiento.
Se incorporó ligeramente y cerró el borde de su abrigo.
El gesto fue automático.
No pensó en ello.
No había tiempo.
Volvió al mapa.
Si continuaban descendiendo...
Entonces habría una consecuencia.
No era todavía una orden.
Ni siquiera una conclusión.
Solo una posibilidad.
Pero era una posibilidad que empezaba a resultar demasiado coherente.
Napoleón tomó el lápiz otra vez.
Esta vez escribió una sola palabra junto al margen del mapa:
Pratzen.
Se quedó mirándola.
Después añadió debajo:
¿Quién permanece?
Afuera, un caballo comenzó a aproximarse al galope.
Napoleón levantó lentamente la cabeza.
El sonido se hizo más fuerte.
Más rápido.
Las ruedas de un vehículo golpearon el terreno.
Una voz gritó algo que no pudo distinguir.
Después, pasos.
Unos pasos apresurados hacia la entrada.
Napoleón no se movió.
Esperó.
La lona comenzó a levantarse.
Y antes de que apareciera el hombre que estaba al otro lado, ella ya estaba mirando el espacio vacío del mapa que separaba Pratzen de Telnitz.
Porque quizá la pregunta ya no era solamente qué estaba haciendo el enemigo.
Quizá empezaba a ser otra.
¿Cuánto faltaba para poder saberlo con certeza?
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