Napoleón — 1 de diciembre de 1805
La Historia no espera a nadie.
¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?
Capítulo 16
Cuartel General francés, Moravia
Durante unos instantes no llegó ningún despacho.
Napoleón permaneció inclinada sobre la mesa.
El silencio no era completo.
Al otro lado de la lona se oían pasos.
Un caballo resopló cerca de la entrada.
Después llegaron voces, apagadas por la tela gruesa de la tienda. Una orden breve. La respuesta de un oficial. El ruido metálico de algún elemento de un arnés al ser ajustado.
La campaña continuaba alrededor de ellos.
Napoleón tenía todavía una mano apoyada sobre el mapa.
Berthier permanecía al otro lado de la mesa.
Sobre la superficie se acumulaban ya varios documentos.
Algunos estaban doblados.
Otros habían quedado abiertos.
Uno de ellos había sido apartado deliberadamente del resto.
Napoleón lo miró.
Después miró a Berthier.
—¿Cuánto tiempo?
Berthier comprendió inmediatamente.
—¿Sire?
—Entre la observación y la recepción.
Berthier bajó los ojos hacia los papeles.
—No puedo establecerlo con precisión en todos los casos.
Napoleón no respondió.
Era precisamente la respuesta que esperaba.
Volvió a mirar el mapa.
Una posición marcada con tinta parecía perfectamente clara sobre el papel.
Pero una posición no era un momento.
Un punto sobre un mapa podía haber sido cierto una hora antes.
Dos horas.
Incluso más.
Y el ejército enemigo no permanecía inmóvil mientras los despachos recorrían caminos, manos y puestos de transmisión.
Napoleón tomó uno de los documentos.
—Este.
Berthier se inclinó ligeramente.
—El de Raigern.
—Sí.
Napoleón recorrió con el dedo una línea del despacho.
—¿Quién lo vio?
—No lo indica.
—¿Quién lo escribió?
Berthier consultó la hoja.
—El oficial que lo transmitió no es el mismo que realizó la observación.
—¿Y cuándo llegó?
—Poco antes de que se lo entregaran a Vuestra Majestad.
Napoleón levantó los ojos.
—Eso ya lo sé.
Berthier guardó silencio.
Napoleón volvió a bajar la mirada.
—Quiero saber cuándo ocurrió lo que describe.
Berthier respiró lentamente.
—No podemos saberlo todavía.
Napoleón dejó el papel.
No había irritación en el gesto.
Solo una conclusión.
—Entonces no conocemos la posición.
Berthier levantó ligeramente la cabeza.
—Conocemos la posición observada.
Napoleón lo miró.
Durante un segundo, ninguno de los dos habló.
—Eso es diferente.
Berthier asintió.
—Sí, Sire.
Napoleón volvió al mapa.
El problema era sencillo.
Y precisamente por eso era peligroso.
Una información podía ser verdadera.
El mensajero podía haber visto exactamente aquello que decía haber visto.
El oficial podía haber escrito correctamente sus palabras.
El despacho podía haber sido transmitido sin ningún error.
Y, aun así, cuando llegaba al Cuartel General, podía dejar de ser suficiente.
No porque el informe fuera falso.
Porque el ejército había continuado moviéndose.
Napoleón deslizó el dedo desde Raigern hacia el resto del dispositivo.
—¿Qué sabemos de las observaciones del sur?
Berthier buscó entre los papeles.
—Continúan llegando noticias de movimientos.
—¿Qué clase de movimientos?
—Columnas.
—Eso ya lo sé. ¿Hacia dónde?
—Hacia el sur.
Napoleón esperó.
Berthier comprendió que debía continuar.
—En dirección a la zona de Telnitz y Sokolnitz.
Napoleón asintió.
Aquello era más interesante.
No porque confirmara nada.
Precisamente porque todavía no lo confirmaba.
Levantó la vista hacia Berthier.
—¿Observación directa?
—En algunos casos.
—¿Y en los demás?
—Información transmitida por terceros.
—¿La hora?
Berthier volvió a revisar las hojas.
—No siempre consta.
Napoleón hizo una pequeña mueca.
No de sorpresa.
De desaprobación.
—Otra vez.
Tomó la pluma.
—Anote una instrucción.
Berthier se preparó.
—A partir de ahora, toda observación de posiciones enemigas deberá indicar, siempre que sea posible, la hora en que fue realizada.
La pluma comenzó a moverse.
—La hora de redacción —continuó Napoleón—. La hora de salida. Y la hora de recepción.
Berthier escribió.
—Si la observación procede de otra persona, deberá indicarse.
La pluma siguió avanzando.
—Y si se trata de una información transmitida, quiero saberlo.
Berthier terminó la frase.
—Sí, Sire.
Napoleón volvió a mirar el mapa.
Había algo casi absurdo en aquella necesidad.
El ejército entero se movía.
Los caballos se movían.
Los hombres se movían.
Los oficiales transmitían órdenes.
Los mensajeros llevaban noticias.
Y, sin embargo, cada vez que un despacho llegaba a aquella mesa, el movimiento quedaba reducido a una línea de tinta.
Una línea inmóvil.
Napoleón apoyó la punta de la pluma sobre el mapa.
—Mire esto.
Berthier se acercó.
Napoleón señaló una de las posiciones.
—Si un oficial observa una columna aquí...
Desplazó el dedo unos centímetros sobre el mapa.
—...y sabemos que continúa por este camino, podemos estimar dónde debería encontrarse una hora después.
Berthier asintió.
—Sí, Sire.
—¿Con qué precisión?
Berthier volvió a mirar el mapa.
—Dependería de la unidad, del terreno y de si ha encontrado algún obstáculo.
—Exactamente.
Napoleón señaló de nuevo la posición.
—Podemos calcular una zona probable. No una posición cierta.
Berthier guardó silencio.
—Y si no sabemos cuándo comenzó realmente el movimiento...
—La estimación pierde valor.
—Si no sabemos quién realizó la observación...
—También.
Napoleón retiró la mano del mapa.
—Entonces no tenemos una posición. Tenemos una estimación de una posición.
Fuera, un caballo volvió a relinchar.
Esta vez se escucharon también las pisadas rápidas de alguien que corría.
Los dos hombres levantaron la cabeza.
Las pisadas se acercaron.
Se detuvieron ante la entrada.
Una voz pidió permiso para entrar.
Berthier giró ligeramente hacia la lona.
—Adelante.
La abertura se levantó.
Entró un oficial.
El aire frío penetró durante un instante en la tienda antes de que la lona volviera a caer.
El oficial llevaba barro en las botas.
No era mucho.
Pero bastaba para indicar que acababa de llegar desde el exterior.
Se cuadró.
—Sire.
Napoleón lo observó.
—¿De dónde viene?
—De una posición avanzada, Sire.
—Eso no responde a mi pregunta.
El oficial vaciló apenas.
—De la zona de reconocimiento hacia el sur.
Napoleón hizo un gesto.
—¿Qué ha visto?
El oficial comenzó a responder.
—Se observan movimientos enemigos...
Napoleón levantó una mano.
El hombre se detuvo.
—¿Usted los ha visto?
—No, Sire.
—Entonces no diga «se observan».
El oficial tragó saliva.
—El informe que traigo indica movimientos enemigos hacia el sur.
Napoleón lo miró fijamente.
—¿Quién los observó?
El oficial bajó los ojos hacia el documento que llevaba.
—No lo sé, Sire.
Berthier permaneció inmóvil.
Napoleón extendió la mano.
—Démelo.
El oficial avanzó hasta la mesa.
Napoleón tomó el despacho.
Lo abrió.
Leyó.
No tardó mucho.
Después volvió a leer la misma parte.
—¿Cuándo?
El oficial no respondió.
Napoleón levantó la mirada.
—¿Cuándo fueron observados?
—No consta, Sire.
—¿Cuándo salió este despacho?
El oficial miró a Berthier.
—No lo sé.
—¿Cuándo lo recibió su puesto?
—Tampoco lo sé con exactitud.
Napoleón dejó escapar el aire por la nariz.
No parecía enfadada.
Parecía estar comprobando una teoría.
—Entonces este papel me dice que alguien vio algo.
El oficial permaneció rígido.
—Sí, Sire.
—Pero no me dice cuándo.
—No, Sire.
Napoleón volvió a mirar el documento.
Los movimientos hacia el sur podían ser reales.
De hecho, probablemente lo eran.
Las informaciones recibidas hasta aquel momento apuntaban en la misma dirección.
Pero una dirección no era una intención.
Y una intención tampoco era una decisión definitiva.
Napoleón levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué cree usted que significa?
El oficial pareció sorprendido por la pregunta.
—Sire.
—Le pregunto qué cree usted.
El hombre dudó.
—Que el enemigo concentra fuerzas hacia nuestra derecha.
Napoleón asintió.
—Es posible.
El oficial pareció relajarse.
Pero Napoleón añadió:
—También es posible que esté realizando un movimiento distinto y que todavía no tengamos información suficiente para conocerlo.
El hombre bajó la cabeza.
—Sí, Sire.
Napoleón dobló ligeramente el despacho.
—No vuelva a confundir una observación con una explicación.
—Sí, Sire.
—Puede retirarse.
El oficial saludó.
Retrocedió.
La lona volvió a caer.
La tienda recuperó su semioscuridad.
Berthier miró a Napoleón.
—Sire.
—¿Sí?
—¿Consideráis que el movimiento es favorable?
Napoleón tardó unos segundos en responder.
—Puede serlo.
Berthier esperó.
Napoleón apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Si el enemigo continúa desplazándose hacia el sur, estará haciendo precisamente aquello que más nos interesa.
Berthier miró el mapa.
—Alejándose del centro.
Napoleón no respondió inmediatamente.
Sus ojos se detuvieron sobre las alturas.
Pratzen.
El nombre no estaba escrito con especial importancia.
No la necesitaba.
La posición estaba allí.
Dominante.
Visible.
Importante.
Napoleón no tenía todavía una imagen completa de lo que ocurría sobre ella.
Y eso era precisamente lo que no debía olvidar.
—No sabemos cuánto queda allí —dijo.
Berthier asintió.
—No, Sire.
—Ni cuánto se ha movido.
—No.
Napoleón señaló de nuevo hacia el sur.
—Entonces no quiero que nadie escriba que han abandonado las alturas.
Berthier levantó la vista.
—¿Porque no lo sabemos?
—Porque no lo sabemos.
La respuesta fue inmediata.
—Que indiquen lo que han visto. No lo que creen que significa.
Berthier asintió.
—Sí, Sire.
Napoleón permaneció inmóvil unos instantes.
La luz había cambiado ligeramente.
La tienda ya no estaba sumida en la oscuridad de hacía poco.
Una claridad gris penetraba por las pequeñas aberturas y por los bordes de la lona.
El día avanzaba.
Afuera, el campamento comenzaba a adquirir otro ritmo.
Más caballos.
Más voces.
Más hombres cruzando de un lado a otro.
El Cuartel General ya no tenía el aspecto de un lugar que acababa de despertar.
Estaba trabajando.
Napoleón tomó otro despacho.
Lo abrió.
—Berthier.
—Sire.
—¿Dónde está Davout?
Berthier buscó la información correspondiente.
—En marcha hacia Raigern.
Napoleón esperó.
—¿Última información?
Berthier revisó otro papel.
—La que ya hemos examinado.
Napoleón levantó lentamente los ojos.
—Entonces tampoco sabemos dónde está ahora.
Berthier no respondió.
No hacía falta.
Napoleón volvió al mapa.
Raigern.
El sur.
Telnitz.
Sokolnitz.
Pratzen.
Varias piezas.
Varios informes.
Varios momentos.
Y entre todos ellos, un ejército que continuaba moviéndose.
Napoleón tomó la pluma.
Durante unos segundos no escribió.
Después hizo una pequeña marca junto a Raigern.
No era una nueva posición.
Era una advertencia.
Información antigua.
Berthier la observó.
Napoleón dejó la pluma.
—Quiero otro informe.
—¿Sobre Davout?
—Sobre todo el sector.
Berthier aguardó.
—Y esta vez quiero saber quién vio qué.
La lona de la entrada se movió con el viento.
Una corriente fría recorrió la tienda.
Napoleón volvió a mirar hacia Pratzen.
Todavía no sabía qué había decidido el enemigo.
Todavía no sabía qué fuerzas permanecían exactamente en las alturas.
Todavía no podía convertir los movimientos hacia el sur en una certeza.
Pero empezaba a comprender algo más importante.
El problema no era únicamente que le faltara información.
Era que la información que poseía tenía una edad.
Y un ejército enemigo podía cambiar de posición antes de que la tinta de un despacho llegara hasta sus manos.
Napoleón permaneció unos segundos en silencio.
Luego volvió al trabajo.
La mañana continuaba.
Y, fuera de la tienda, los mensajeros seguían llegando.
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