Napoleón — 1 de diciembre de 1805 — 07:10

  La Historia no espera a nadie.

¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?

Capítulo 15

1 de diciembre de 1805 — aproximadamente 07:10

Cuartel General francés, Moravia

La lona volvió a quedar inmóvil.

Durante unos segundos, Napoleón no hizo nada.

El oficial que acababa de recibir sus órdenes había desaparecido ya por la abertura de la tienda. Sus pasos se habían perdido entre los sonidos apagados del campamento, pero la presencia de aquel hombre parecía haber dejado algo detrás: la sensación de que el informe que acababa de traer seguía allí, sobre la mesa, aunque su portador ya no estuviera.

Napoleón bajó los ojos.

El papel permanecía extendido ante ella.

No era largo.

Precisamente por eso resultaba incómodo.

Había informes que podían ser malos por contener demasiadas cosas. Aquel podía ser malo por contener demasiado pocas.

Berthier permanecía a su lado.

No habló.

Napoleón tomó nuevamente el despacho.

Lo levantó apenas unos centímetros.

La luz grisácea de la mañana atravesaba la lona y convertía el papel en una superficie casi amarillenta. Una esquina estaba ligeramente doblada.

—¿Cuándo llegó? —preguntó.

Berthier consultó los documentos que tenía junto a él.

—Hace poco, Sire.

Napoleón levantó la mirada.

—No le he preguntado cuándo llegó a nosotros.

Berthier comprendió inmediatamente.

—La observación, Sire.

—Sí.

El mariscal buscó entre los papeles.

—La hora exacta no figura.

Napoleón volvió a mirar el despacho.

—Eso es lo que no me gusta.

Berthier asintió.

No parecía sorprendido.

Napoleón dejó el documento sobre la mesa.

—Si un hombre observa una columna enemiga a las seis, escribe a las seis y media y el despacho llega aquí a las siete, tenemos tres horas distintas que no deben confundirse.

Berthier siguió con la mirada la punta de los dedos de Napoleón sobre el papel.

—La hora de observación. La hora de redacción. La hora de transmisión.

—Y la de recepción.

—Sí, Sire.

Napoleón hizo una pequeña pausa.

—Entre las cuatro puede haberse producido un cambio.

Berthier inclinó ligeramente la cabeza.

—Puede haberse producido.

Napoleón lo miró.

No había desacuerdo entre ambos.

Eso era precisamente lo que quería.

No necesitaba oficiales que confirmaran sus pensamientos.

Necesitaba saber cuáles de ellos estaban sostenidos por hechos.

Afuera se oyó el paso rápido de un caballo.

Después, una voz.

Un soldado respondió algo que ninguno de los dos pudo distinguir.

Napoleón volvió la cabeza hacia la entrada.

Durante un instante, la atención de Berthier se desplazó también hacia el sonido.

El caballo se detuvo.

Silencio.

Luego unos pasos.

Napoleón esperó.

La lona se levantó.

Un oficial de Estado Mayor apareció en la entrada.

—Sire.

—Entre.

El hombre avanzó dos pasos.

Tenía polvo en las botas y una humedad oscura en el bajo del uniforme. Había llegado a caballo. En una mano llevaba un pequeño paquete de documentos.

Napoleón señaló la mesa.

—¿Qué trae?

—Un despacho, Sire.

—¿De quién?

El oficial miró el documento antes de contestar.

—Procede de la dirección de Raigern.

Los ojos de Napoleón se detuvieron sobre él.

Berthier también reaccionó.

No fue un movimiento brusco.

Solo una ligera inclinación hacia delante.

—¿De Davout? —preguntó Napoleón.

—Sire, el despacho procede de un oficial que se encuentra en esa dirección. No puedo asegurar que haya sido redactado por el mariscal.

Napoleón extendió la mano.

—Démelo.

El oficial avanzó.

Napoleón tomó el documento.

No lo abrió inmediatamente.

Primero observó el exterior.

El pliegue.

El sello.

La suciedad acumulada en uno de los bordes.

Después miró al oficial.

—¿Cuándo lo recibió usted?

—Hace poco, Sire.

Napoleón esperó.

El oficial comprendió.

—No conozco la hora exacta.

Berthier bajó los ojos.

Napoleón, en cambio, no mostró impaciencia.

—¿Quién se lo entregó?

—Un correo.

—¿Directamente?

—Sí, Sire.

—¿Y él lo recibió directamente de quien lo redactó?

El oficial dudó.

—No lo sé, Sire.

Napoleón sostuvo el despacho entre los dedos.

Aquello era exactamente el problema.

No el contenido.

La distancia que había entre el contenido y ella.

—¿El correo venía de Raigern?

—Sí, Sire.

—¿Lo sabe porque se lo dijo él?

—Sí.

Napoleón asintió lentamente.

—Bien.

Abrió el despacho.

Berthier observó su rostro.

Durante unos segundos no hubo ninguna reacción.

Napoleón leyó.

Volvió a leer una línea.

Después pasó a la siguiente.

No parecía buscar una palabra concreta.

Parecía reconstruir el camino que había recorrido el documento.

—¿Cuánto tiempo llevaba el correo en camino? —preguntó sin levantar la cabeza.

—No lo sé, Sire.

—¿Preguntó usted?

—No, Sire.

Napoleón levantó los ojos.

No había enfado en ellos.

Eso hizo que la pregunta resultara más incómoda.

—Entonces, antes de volver a traerme otro despacho, pregúntelo.

—Sí, Sire.

El oficial hizo una pequeña reverencia.

—Puede retirarse.

El hombre salió.

La lona volvió a caer.

Berthier permaneció en silencio.

Napoleón continuó leyendo.

El despacho no resolvía el problema de Davout.

Al contrario.

Confirmaba que la información seguía viajando más despacio que el ejército.

Napoleón dejó el papel junto al anterior.

Dos documentos.

Dos procedencias.

Dos momentos distintos.

Dos fragmentos de una situación que, sobre el terreno, era una sola.

Se inclinó sobre la mesa.

Berthier se acercó.

—¿Qué piensa, Sire?

Napoleón tardó unos instantes en responder.

—Que todavía no sé suficiente.

Berthier esperaba quizá una conclusión más concreta.

No llegó.

Napoleón tomó un lápiz.

Lo dejó sobre el mapa.

La punta quedó cerca del sector meridional.

—Tenemos movimientos hacia el sur.

El lápiz avanzó lentamente.

—Tenemos informes sobre Telnitz.

Una pausa.

—Tenemos informes sobre Sokolnitz.

El lápiz se detuvo.

—Y tenemos una parte de nuestro ejército que todavía está llegando.

Berthier siguió el movimiento.

—Davout.

—Sí.

Napoleón levantó la vista.

—Pero no quiero saber solamente dónde está Davout.

Berthier esperó.

—Quiero saber cuándo estaba allí.

El mariscal comprendió.

Napoleón señaló los documentos.

—Un despacho puede decirme dónde estaba una unidad cuando fue observado el movimiento. No necesariamente dónde está cuando recibo el despacho.

Berthier asintió.

—La diferencia puede ser importante.

—Puede ser decisiva.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Napoleón volvió al mapa.

Había algo casi reconfortante en aquella superficie de papel.

Las líneas no cambiaban.

Los nombres permanecían en su sitio.

Brünn.

Austerlitz.

Pratzen.

Sokolnitz.

Telnitz.

El mapa no le decía lo que estaba ocurriendo.

Pero al menos no fingía saberlo.

Napoleón apoyó ambas manos sobre la mesa.

Durante un instante permaneció inmóvil.

Entonces percibió nuevamente aquella extraña sensación en el cuerpo que todavía no había terminado de convertir en algo cotidiano.

No era dolor.

No era exactamente incomodidad.

Era simplemente la conciencia de una presencia física diferente cada vez que realizaba un movimiento que durante años había ejecutado sin pensar.

No le concedió más importancia.

El mapa estaba delante.

La campaña continuaba.

—Berthier.

—Sire.

—Quiero que cada nuevo informe que llegue sobre el sur lleve cuatro horas.

Berthier levantó ligeramente las cejas.

—¿Cuatro?

—Observación. Redacción. Salida. Recepción.

—Entiendo.

—Si alguna no se conoce, se escribe que no se conoce.

—Sí, Sire.

Napoleón señaló los documentos.

—No quiero que nadie rellene un vacío con una suposición.

Berthier tomó nota.

Napoleón volvió a mirar hacia la entrada.

Afuera, el campamento había despertado definitivamente.

Se escuchaban caballos.

Órdenes breves.

Metal contra metal.

El arrastre de algún carro sobre el terreno húmedo.

Un hombre pasó corriendo junto a la tienda.

Después otro.

La guerra todavía no había comenzado.

Pero ya estaba moviendo hombres en todas direcciones.

Napoleón volvió al mapa.

El sur seguía allí.

Pratzen seguía allí.

Y, entre ambos, había algo que todavía no podía ver.

No era la ausencia de un ejército.

No era una certeza.

Era simplemente una pregunta.

¿Qué fuerzas permanecían realmente en aquellas alturas?

Napoleón retiró lentamente el lápiz.

—Necesito saberlo —dijo.

Berthier levantó la cabeza.

—¿Sire?

Napoleón no apartó los ojos del mapa.

—Antes de decidir qué significa el movimiento enemigo, necesito saber cuánto movimiento hay realmente.

Berthier permaneció junto a ella.

Y por primera vez aquella mañana ninguno de los dos habló durante varios segundos.

No porque hubieran llegado a una conclusión.

Sino porque todavía no la tenían.

Fuera, un caballo volvió a relinchar.

La lona de la tienda tembló ligeramente con el viento.

Y sobre la mesa, entre dos despachos de diferente antigüedad, permanecía abierto el mapa de una batalla que todavía no había comenzado.

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