Napoleón — 1 de diciembre de 1805 — 07:10

   La Historia no espera a nadie.

¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?

Capítulo 14

1 de diciembre de 1805 — aproximadamente 07:10

Cuartel General francés, Moravia

La lona volvió a quedar inmóvil.

Napoleón permaneció unos segundos mirando hacia ella.

No por miedo.

Por cálculo.

Había aprendido hacía mucho tiempo que una interrupción en el trabajo podía significar cualquier cosa.

Un ayudante con una orden.

Un correo.

Un oficial que solicitaba permiso para entrar.

Un informe que alguien consideraba demasiado importante para ser entregado por escrito.

O simplemente un hombre que había cometido el error de creer que el Emperador estaba disponible para cualquier asunto que se le ocurriera.

Esperó.

—Entre.

La lona se apartó.

Un oficial apareció en la entrada.

No era un general.

Napoleón lo reconoció como uno de los oficiales encargados del servicio de comunicaciones del cuartel general.

El hombre se cuadró.

—Sire.

La palabra produjo en ella una reacción extraña.

No nueva.

Pero todavía suficientemente perceptible.

No era el título.

Era escuchar aquel tratamiento dirigido a un cuerpo que ya no coincidía con la imagen que aquel hombre esperaba encontrar.

Napoleón no permitió que nada de aquello alcanzara su rostro.

—¿Qué ocurre?

—Un despacho, Sire.

El oficial avanzó dos pasos y extendió el documento.

Napoleón lo tomó.

No lo abrió inmediatamente.

Miró primero el sobre.

Después el sello.

Después la mano del oficial.

—¿Procedencia?

—Del servicio de comunicaciones del ala derecha.

—¿Hora?

El hombre vaciló.

—Ha llegado hace pocos minutos.

—Eso no es lo que he preguntado.

Silencio.

—La hora que figura en el despacho, Sire.

Napoleón abrió el documento.

Sus ojos recorrieron las primeras líneas.

Después levantó la mirada.

—¿A qué hora fue redactado?

El oficial consultó su memoria.

—No sabría decírselo con exactitud.

Napoleón dejó el papel sobre la mesa.

—Entonces tampoco sabe exactamente qué información me está entregando.

El hombre bajó ligeramente la cabeza.

—No, Sire.

Napoleón extendió una mano.

—Déjemelo.

El oficial obedeció.

Napoleón volvió al documento.

La información no era inútil.

Pero tampoco era nueva.

Movimiento.

Desplazamiento.

Actividad.

Fuerzas enemigas observadas en dirección al sur.

Nada que permitiera determinar una intención.

Nada que pudiera convertir una sospecha en certeza.

Dejó el papel junto a los anteriores.

—¿Quién lo ha visto?

—Un puesto avanzado, Sire.

—¿Directamente?

—Eso parece.

—¿Parece?

El oficial volvió a callar.

Napoleón se reclinó ligeramente.

Aquello empezaba a irritarla.

No porque el hombre hubiese cometido una falta grave.

Sino porque el ejército estaba lleno de palabras que ocupaban el lugar de los hechos.

Parece.

Probablemente.

Se cree.

Se informa.

En una conversación podían ser aceptables.

En una guerra, podían matar hombres.

—Busque al oficial que redactó el informe.

—Sí, Sire.

—Y quiero saber exactamente desde dónde observó el movimiento.

—Sí, Sire.

—Y a qué hora.

—Sí, Sire.

—Y qué vio personalmente.

El oficial asintió.

Napoleón levantó un dedo antes de que pudiera retirarse.

—Y qué le dijeron después.

El hombre se detuvo.

—Sí, Sire.

—No mezcle ambas cosas.

—No, Sire.

La lona volvió a caer.

Napoleón permaneció inmóvil.

Después tomó el siguiente documento.

Berthier lo observaba desde el otro lado de la mesa.

No había dicho una palabra.

Napoleón levantó los ojos.

—¿Qué?

—Nada, Sire.

—Me estaba mirando.

Berthier bajó ligeramente la mirada hacia los papeles.

—Estaba pensando que últimamente concede usted mucha importancia a la forma en que se redactan los informes.

Napoleón volvió a mirar el mapa.

—Siempre he concedido importancia a eso.

Berthier no respondió.

Era cierto.

Pero no completamente.

Había algo nuevo.

No sabía qué.

La exigencia era mayor.

La atención a los detalles, más insistente.

Y, sobre todo, Napoleón parecía menos dispuesto que antes a aceptar una conclusión cuando el documento que la sostenía no permitía llegar hasta ella.

Berthier había trabajado demasiado tiempo con el para no percibirlo.

Pero también había trabajado demasiado tiempo con el para cometer el error de interpretarlo demasiado pronto.

Napoleón acercó el mapa.

—Davout.

Berthier señaló la zona correspondiente.

—Continúa en marcha hacia Raigern.

—Eso ya lo sé.

—Sí, Sire.

—¿Cuándo fue la última confirmación?

Berthier buscó entre los documentos.

—La última comunicación directa...

Se detuvo.

Napoleón esperó.

Berthier pasó una hoja.

Después otra.

—No tenemos una confirmación suficientemente reciente.

Napoleón no respondió inmediatamente.

Miró el mapa.

Raigern.

Después Sokolnitz.

Después Telnitz.

Finalmente, las alturas.

Pratzen.

Su dedo se detuvo allí.

No tocó la posición.

Simplemente permaneció sobre ella.

—¿Y las alturas?

Berthier entendió inmediatamente la pregunta.

—Tenemos observaciones.

—No he preguntado eso.

Berthier levantó la vista.

—No tenemos una confirmación suficientemente precisa de la fuerza que permanece allí.

Napoleón asintió.

Eso era diferente.

Mucho mejor.

Porque era cierto.

—Entonces no sabemos cuánto tienen.

—No con precisión.

—¿Y qué creemos que tienen?

Berthier dudó.

—Eso depende de qué informe se tome como referencia.

Napoleón sonrió apenas.

—Exactamente.

Volvió a mirar el mapa.

Aquello era lo que la interesaba.

No saber solamente dónde estaba el enemigo.

Saber qué podía afirmar realmente sobre él.

Los movimientos hacia el sur continuaban.

Eso era un hecho.

Pero un movimiento podía significar demasiadas cosas.

Una concentración contra la derecha.

Una maniobra de envolvimiento.

Una redistribución temporal.

O algo más.

Napoleón conocía perfectamente la hipótesis que había construido.

Y precisamente por conocerla sabía cuál era el peligro.

Cuando un comandante espera que el enemigo haga algo, cada nuevo informe puede empezar a parecer una confirmación.

Incluso cuando no lo es.

Se inclinó sobre el mapa.

—Si continúan desplazándose hacia el sur...

Dejó la frase incompleta.

Berthier esperó.

Napoleón levantó finalmente la cabeza.

—Entonces tendremos una oportunidad.

No dijo más.

No necesitaba hacerlo.

Berthier conocía aquella expresión.

No era entusiasmo.

Todavía no.

Era concentración.

La expresión de Napoleón ante una posibilidad que llevaba horas examinando.

Pero Napoleón no estaba dispuesta a confundir una posibilidad con una certeza.

Volvió a sentarse.

—Quiero otro informe.

—¿Sobre Pratzen?

—Sobre todo.

Berthier esperó.

—Pero esta vez quiero las horas.

Napoleón señaló los documentos.

—Hora de observación.

Otro.

—Hora de transmisión.

Otro.

—Hora de recepción.

Finalmente, señaló el mapa.

—Y procedencia exacta.

Berthier asintió.

—Sí, Sire.

Napoleón volvió a sus papeles.

Fuera de la tienda, el ejército continuaba moviéndose.

Y, en algún punto muy al sur, Davout seguía marchando hacia Raigern.

Todavía no había llegado.

Todavía no había enviado la confirmación que Napoleón esperaba.

Y eso significaba que, por el momento, una parte de su ejército existía sobre el mapa con mayor precisión que sobre el terreno.

Napoleón volvió a coger la pluma.

—Que nadie me diga lo que cree que está ocurriendo.

Berthier la miró.

—¿Sire?

Napoleón no levantó la cabeza.

—Que me diga lo que ha visto.

Y siguió trabajando.

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