Napoleón — 1 de diciembre de 1805 — 07:00

   La Historia no espera a nadie.

¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?

Capítulo 13

1 de diciembre de 1805 — aproximadamente 07:00

Cuartel General francés, Moravia

La lona volvió a caer.

Durante unos segundos, Napoleón permaneció mirando el lugar por donde Soult acababa de desaparecer.

No había nada extraño en aquella salida.

Habían hablado de tropas.

De posiciones.

De movimientos.

De tiempos.

Eso era lo que debía ocupar su atención.

Napoleón bajó los ojos hacia el mapa.

El dedo índice de su mano derecha permaneció apoyado sobre el sector oriental de las posiciones francesas.

Pratzen.

Después descendió lentamente hacia el sur.

Telnitz.

Sokolnitz.

Volvió a Pratzen.

No.

Todavía no.

—Berthier.

—Sire.

El jefe de Estado Mayor estaba junto a la mesa, con varios documentos abiertos delante de él.

Napoleón señaló uno de los despachos.

—Éste.

Berthier lo tomó.

—El informe sobre los movimientos hacia Sokolnitz.

—Sí.

—¿Desea que lo haga copiar?

Napoleón negó con la cabeza.

—Quiero saber cuándo fue obtenido.

Berthier bajó la vista hacia el documento.

Lo examinó unos instantes.

—La observación se realizó durante la noche.

—¿A qué hora?

Berthier buscó la anotación correspondiente.

—No lo especifica.

Napoleón levantó los ojos.

—Entonces no sabemos cuándo.

—No, Sire.

—¿Y cuándo llegó aquí?

Berthier consultó otra hoja.

—Poco después de las seis.

Napoleón extendió la mano.

Berthier le entregó el papel.

Ella lo leyó.

No había mucho.

Una observación.

Una dirección.

Una apreciación sobre el movimiento enemigo.

Nada más.

Napoleón dejó el documento sobre la mesa.

—¿Quién lo transmitió?

—Un oficial que recibió la información de un puesto avanzado.

—¿Directamente?

—No.

—Entonces tampoco sabemos exactamente qué vio el hombre que lo redactó.

Berthier guardó silencio un instante.

—No, Sire.

Napoleón volvió a mirar el mapa.

Aquello era precisamente el problema.

Un ejército no era una línea dibujada sobre un papel.

Era una sucesión de hombres separados por kilómetros de terreno, de oficiales que observaban durante unos minutos y después transmitían lo que creían haber visto, de mensajeros que recorrían caminos embarrados, de informes que llegaban cuando aquello que describían ya había cambiado.

Un movimiento enemigo podía ser real.

La interpretación podía ser equivocada.

Y un informe exacto podía convertirse en información atrasada antes de alcanzar el cuartel general.

Napoleón apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Quiero saber qué sabemos realmente.

Berthier levantó ligeramente la cabeza.

Napoleón señaló el conjunto de documentos.

—No lo que creemos. Lo que sabemos.

—Sí, Sire.

—Separe los informes por hora.

Berthier comprendió inmediatamente.

—¿Por hora de recepción?

—Por hora de observación.

Una pausa.

—Y marque también la hora en que fueron recibidos.

Berthier asintió.

—Comprendo.

—Y la procedencia.

—Sí.

—Y si la información procede de observación directa o de una transmisión.

—Sí, Sire.

Berthier comenzó a reunir los documentos.

Napoleón lo observó trabajar.

Había algo tranquilizador en aquella precisión.

Una hoja.

Otra.

Una tercera.

Cada una encontraba su lugar.

No era una cuestión de elegancia administrativa.

Era mando.

Si una información no tenía hora, no podía compararse correctamente con otra.

Si no se conocía su procedencia, había que concederle menos peso.

Si procedía de una segunda mano, no podía tratarse como observación directa.

Napoleón conocía demasiado bien el peligro de confundir una cosa con otra.

—Berthier.

—¿Sire?

—¿Tenemos algo nuevo de Davout?

El movimiento de las manos de Berthier se detuvo.

—Todavía no.

Napoleón no respondió.

Miró de nuevo hacia el mapa.

Davout.

La marcha hacia Raigern.

La distancia.

El tiempo.

Y, sobre todo, la incertidumbre.

—¿Cuándo fue la última información?

Berthier consultó uno de los documentos que había separado.

—La comunicación que tenemos es anterior.

—¿Cuánto?

Berthier buscó la anotación.

—Varias horas.

Napoleón hizo un pequeño gesto con la cabeza.

No era una respuesta satisfactoria.

—¿Y ninguna comunicación directa?

—Ninguna que podamos considerar suficientemente reciente.

Napoleón levantó la mirada.

—Entonces seguimos sin saber exactamente dónde está.

—Sabemos que continúa hacia Raigern.

—Eso sabemos que estaba haciendo.

Berthier permaneció callado.

Napoleón volvió al mapa.

La diferencia era pequeña.

Pero importante.

Un ejército podía recorrer una distancia considerable en unas horas.

Un comandante podía recibir una orden y modificar el movimiento.

Una columna podía encontrar un obstáculo.

Un puente podía estar ocupado.

Un camino podía resultar impracticable.

Y mientras ellos esperaban una confirmación, el enemigo continuaba moviéndose.

Napoleón tomó un lápiz.

Lo sostuvo sobre el mapa sin tocarlo.

—Necesito un despacho de Davout.

—Sí, Sire.

—Directo.

—Lo tendremos en cuanto llegue.

Napoleón dejó el lápiz.

—En cuanto llegue, quiero saber exactamente a qué hora fue redactado.

Berthier inclinó la cabeza.

—Sí, Sire.

Durante unos segundos no hubo más que el ruido apagado del exterior.

Caballos.

Voces.

Pasos.

Algún grito breve.

El campamento estaba despertando.

Napoleón escuchó sin prestar realmente atención.

Después volvió a mirar hacia el sur.

Los movimientos aliados continuaban.

Eso era un hecho.

Lo que significaban era otra cuestión.

Podían estar concentrando fuerzas contra la derecha francesa.

Podían estar intentando envolverla.

Podían estar ejecutando exactamente el movimiento que ella esperaba.

Pero todavía no podía saberlo.

Y mientras no pudiera saberlo, no debía comportarse como si lo supiera.

—¿Qué hay sobre Telnitz?

Berthier revisó otro grupo de papeles.

—Hay dos informes.

—¿Coinciden?

—En la dirección del movimiento, sí.

—¿En las fuerzas?

Berthier levantó los ojos.

—No exactamente.

Napoleón extendió la mano.

Berthier le entregó ambos documentos.

Ella los leyó uno después del otro.

Uno hablaba de columnas.

El otro era más prudente.

Ninguno proporcionaba una cifra que pudiera considerarse segura.

Napoleón los dejó juntos.

—Éste no confirma al otro.

—No, Sire.

—Sólo lo hace compatible.

Berthier asintió.

Napoleón volvió a mirar las alturas.

Pratzen seguía siendo el punto decisivo de su pensamiento.

Pero precisamente por eso no podía permitirse llenarlo con imaginación.

Todavía no sabía qué había allí.

No sabía cuántos hombres permanecían.

No sabía si el enemigo estaba retirando fuerzas de las alturas o simplemente desplazándolas.

No sabía si aquella aparente concentración hacia el sur sería temporal o definitiva.

La hipótesis era buena.

La información todavía no era suficiente.

—Necesito otro reconocimiento.

Berthier levantó la mirada.

—¿Hacia qué sector?

Napoleón señaló el mapa.

—Aquí.

El lápiz descendió hacia la zona situada al sur de las alturas.

—Y aquí.

Después señaló Pratzen.

—Quiero que cualquier observación de las alturas llegue separada de los informes sobre Telnitz y Sokolnitz.

—¿Para evitar mezclar las informaciones?

—Exactamente.

Berthier tomó nota.

Napoleón se apartó un poco de la mesa.

Por un instante, su mano izquierda rozó involuntariamente el borde del uniforme.

El movimiento fue tan pequeño que ella misma apenas lo registró.

La ropa seguía siendo incómodamente distinta.

El cuerpo seguía recordándole, de vez en cuando, que algo había cambiado.

Pero ya no necesitaba pensar en ello.

No ahora.

Había un ejército delante de ella.

Un ejército que todavía no había cometido el error que ella esperaba que cometiera.

O quizá sí.

Todavía no lo sabía.

Y esa diferencia era todo.

—Berthier.

—Sire.

—Cuando llegue el despacho de Davout, interrúmpame.

—Aunque esté trabajando con otro informe.

—Especialmente si estoy trabajando con otro informe.

Berthier hizo una breve inclinación de cabeza.

—Sí, Sire.

Se apartó con los documentos.

Napoleón permaneció sola junto al mapa.

Durante unos segundos no hizo nada.

Después tomó nuevamente el lápiz.

Pratzen.

Sokolnitz.

Telnitz.

Raigern.

Unas pocas marcas sobre el papel.

Nada estaba decidido todavía.

Pero las piezas comenzaban a desplazarse.

Y, por primera vez aquella mañana, Napoleón tuvo la sensación de que el tiempo empezaba a adquirir más importancia que el propio mapa.

No necesitaba todavía saber qué iba a hacer el enemigo.

Necesitaba saber cuándo lo estaba haciendo.

Y esperaba que el próximo despacho le diera la respuesta.

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