Napoleón — 1 de diciembre de 1805 — 06:50

  La Historia no espera a nadie.

¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?

Capítulo 12

1 de diciembre de 1805 — 06:50

Cuartel General francés, Moravia

El silencio duró apenas unos segundos.

Napoleón mantuvo los ojos sobre el mapa.

La línea trazada entre las posiciones francesas y las alturas de Pratzen seguía allí, inmóvil sobre el papel, mientras fuera de la tienda el ejército continuaba moviéndose.

No había nada inmóvil en aquella mañana.

—¿De qué hora es el último informe?

Berthier consultó el documento que sostenía entre los dedos.

—De hace aproximadamente media hora, Sire.

—¿Aproximadamente?

Berthier levantó la mirada.

—Las observaciones fueron recogidas en momentos distintos. El despacho llegó después.

Napoleón extendió la mano.

—Déjamelo.

Berthier se acercó y depositó el papel sobre la mesa.

Napoleón lo leyó.

Una vez.

Después volvió al principio.

No buscaba solamente lo que decía.

Buscaba cuándo lo decía.

—Esta observación de aquí.

Señaló una línea con el dedo.

—¿Quién la ha transmitido?

—Un puesto avanzado.

—¿Directamente?

—No. Fue recogida por un oficial de enlace y remitida después.

Napoleón asintió.

No respondió inmediatamente.

Volvió al mapa.

Los movimientos hacia el sur continuaban apareciendo una y otra vez en los informes.

No procedían todos del mismo punto.

No habían sido observados exactamente a la misma hora.

Pero la dirección general comenzaba a resultar difícil de ignorar.

Eso era importante.

Pero no era una certeza.

Napoleón apoyó ambas manos sobre la mesa.

Pratzen seguía ocupando el lugar que siempre había ocupado.

Las alturas no habían desaparecido.

El mapa tampoco le decía cuántos hombres había todavía sobre ellas.

Eso era precisamente lo que necesitaba saber.

—¿Tenemos alguna observación más reciente de las alturas?

—No suficientemente precisa.

—¿Ninguna?

—Hay dos referencias —respondió Berthier—, pero ninguna permite establecer con seguridad qué parte de las fuerzas permanece allí.

Napoleón levantó ligeramente la cabeza.

—Entonces no sabemos lo suficiente.

Berthier asintió.

—No, Sire.

Napoleón guardó silencio.

Durante un instante, su mirada permaneció fija en Pratzen.

Si el enemigo continuaba desplazándose hacia el sur...

Si las fuerzas comprometidas en ese movimiento eran suficientemente numerosas...

Si el centro quedaba debilitado...

Entonces la situación podía convertirse en exactamente aquello que llevaba días esperando.

Pero había demasiados si.

Y un ejército no se destruía con una hipótesis.

Se destruía con una decisión equivocada.

—Continúen recogiendo las observaciones —dijo finalmente—. No quiero solamente la última. Quiero saber la hora de cada una.

—Sí, Sire.

—Y de dónde procede.

—Así se hará.

Napoleón señaló de nuevo el mapa.

—Quiero saber qué queda en las alturas.

Berthier inclinó la cabeza.

—Lo averiguaremos.

Un ruido de pasos llegó desde el exterior.

Berthier se volvió.

La lona se abrió y apareció un oficial.

Se detuvo inmediatamente al ver a Napoleón.

—Sire.

—¿Qué ocurre?

—Ha llegado otro mensaje.

Napoleón extendió la mano.

El oficial avanzó y se lo entregó.

Ella rompió el sello.

Leyó.

Esta vez no levantó inmediatamente la vista.

—¿De dónde procede?

El oficial respondió.

Napoleón volvió a mirar el papel.

—¿Hora?

El oficial tuvo que consultar sus notas.

—La observación fue obtenida antes de la transmisión, Sire.

—Eso ya lo sé. ¿A qué hora fue obtenida?

El hombre vaciló apenas un instante.

—No consta con precisión.

Napoleón levantó los ojos.

—Entonces que conste la próxima vez.

—Sí, Sire.

—Y quién la obtuvo.

—Sí, Sire.

El oficial saludó y salió.

La lona volvió a cerrarse.

Berthier observó a Napoleón.

Durante años había visto aquella misma secuencia.

Un informe.

Una pregunta.

Otra pregunta.

La hora.

El lugar.

La procedencia.

La confirmación.

La duda.

Era una de las características más reconocibles del trabajo del Emperador.

Pero aquella mañana había algo que Berthier no terminaba de identificar.

No era una orden distinta.

No era una decisión equivocada.

No era siquiera una variación evidente en su manera de hablar.

Era algo más pequeño.

Napoleón parecía estar midiendo cada palabra con una precisión todavía mayor de lo habitual.

Berthier lo atribuyó a la situación.

Austerlitz estaba cerca.

Todos dormían menos.

Todos estaban más tensos.

El propio Emperador llevaba días descansando poco.

No había nada extraño en ello.

—Sire.

Napoleón levantó la vista.

—¿Sí?

—¿Desea que vuelva a preguntar por el despacho de Raigern?

La expresión de Napoleón cambió ligeramente.

—Sí.

Aquello era diferente.

La información recibida hasta entonces había sido indirecta.

Sabía que Davout continuaba avanzando.

Pero quería algo más.

Un informe procedente de él.

—En cuanto llegue —dijo Napoleón—, quiero saber exactamente cuándo fue obtenida la información.

—Sí, Sire.

—Y quién la transmite.

Berthier asintió.

—Naturalmente.

Napoleón volvió al mapa.

Berthier recogió los documentos.

Ya estaba girándose cuando la voz del Emperador lo detuvo.

—Berthier.

—Sire.

—¿Cuánto tiempo hace que tenemos las últimas noticias de Telnitz?

Berthier hizo un cálculo mental.

—No mucho.

—¿Cuánto?

Berthier respondió.

Napoleón asintió.

—Quiero otra observación.

—La tendrá.

Berthier salió.

Napoleón quedó sola ante el mapa.

La tienda recuperó su silencio.

A través de la lona llegaban sonidos apagados: pasos, voces, caballos, el movimiento constante de hombres que transportaban órdenes de un lugar a otro.

Napoleón apoyó un dedo sobre las alturas de Pratzen.

No había cambiado nada.

Todavía no.

Los Aliados continuaban moviéndose hacia el sur.

Eso era un hecho.

Que aquel movimiento significara que estaban haciendo exactamente lo que ella esperaba...

Eso todavía era otra cosa.

Retiró el dedo del mapa.

Entonces escuchó nuevamente pasos.

Esta vez eran más lentos.

Una voz habló desde el exterior.

—¿Sire?

Napoleón reconoció la voz.

—Adelante.

La lona se abrió.

El mariscal Soult entró en la tienda.

Napoleón levantó la mirada.

Soult hizo una reverencia.

—Sire.

—Mariscal.

Soult se acercó a la mesa.

Durante un instante ninguno de los dos habló.

Soult conocía aquella mirada.

El Emperador no quería una explicación general.

Quería datos.

—¿Cómo está vuestro cuerpo?

—En condiciones de continuar según las órdenes recibidas.

—¿Y las divisiones?

Soult comenzó a responder.

Napoleón escuchó.

Sin interrumpir.

Preguntó por posiciones.

Por movimientos.

Por tiempos.

Por las condiciones de las tropas.

Por las comunicaciones.

Soult contestó con precisión.

La conversación era completamente militar.

No había nada extraordinario en ella.

Y, sin embargo, después de unos minutos, Soult volvió a mirar al Emperador.

Fue solamente un instante.

La voz.

Quizá.

O la manera de sostenerse frente al mapa.

Había algo ligeramente diferente.

Soult no supo decir qué.

Napoleón se volvió hacia él.

—¿Algo más?

Soult apartó la mirada del rostro del Emperador y regresó al mapa.

—No, Sire.

Napoleón señaló Pratzen.

—Entonces hablemos de las alturas.

Y la conversación continuó.

Porque, para ambos, aquella mañana tenía problemas mucho más importantes que resolver.

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