Napoleón — 1 de diciembre de 1805 — 06:40
La Historia no espera a nadie.
¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?
Capítulo 9 — El movimiento del ejército
1 de diciembre de 1805 — 06:40
El despacho permanecía abierto sobre la mesa.
Napoleón no lo tocó inmediatamente.
Miró primero el mapa.
Las posiciones francesas estaban representadas con pequeñas marcas y anotaciones que, para cualquier otro hombre, podían parecer una acumulación de nombres y cifras. Para ella eran algo distinto.
Eran movimiento.
Un ejército entero comenzaba a desplazarse antes incluso de que comenzara la batalla.
—¿Qué tenemos de la derecha? —preguntó.
Berthier levantó la cabeza.
—El último informe de Soult acaba de llegar.
Tomó uno de los documentos que había quedado junto a su mano.
—Las posiciones se mantienen. Las unidades continúan ocupando los puntos previstos.
Napoleón extendió la mano.
Berthier le entregó el despacho.
Ella lo leyó rápidamente.
No necesitaba mucho tiempo.
La situación general seguía siendo la que esperaba.
Los aliados estaban concentrando su atención hacia el sur.
Aquello era precisamente lo que necesitaba.
Napoleón dejó el papel sobre la mesa.
—¿Y Davout?
—Todavía no ha llegado un informe directo de su cuerpo.
Napoleón levantó ligeramente la mirada.
Aquello sí era importante.
Davout debía llegar.
La distancia y el estado de las tropas habían convertido su marcha en una cuestión delicada. Pero el plan dependía, en parte, de que sus hombres aparecieran en el momento adecuado.
—Cuando llegue el próximo despacho, quiero verlo inmediatamente.
—Sí, Sire.
Berthier hizo una anotación.
Otro oficial entró en la tienda.
Se detuvo junto a la entrada, esperó a que Berthier le hiciera una señal y avanzó con un documento.
El papel pasó de unas manos a otras.
La maquinaria continuaba funcionando.
Napoleón apenas levantó la vista.
—¿De dónde?
—Del puesto avanzado, Sire.
—Déjelo aquí.
El oficial obedeció y salió.
Durante unos segundos solo se escuchó el ruido de las botas sobre el suelo y el movimiento de los documentos.
Napoleón volvió al mapa.
El centro.
La derecha.
El Pratzen.
Volvió a recorrer mentalmente la disposición enemiga.
Conocía lo que debía ocurrir en las próximas horas. Pero los acontecimientos podían desviarse en cualquier momento.
Mientras el enemigo continuara reaccionando como esperaba, la iniciativa seguiría siendo suya.
—Berthier.
—Sire.
—Quiero que se compruebe nuevamente la comunicación con Soult.
—¿Ahora?
—Ahora.
Berthier asintió.
—Enviaré un oficial.
Napoleón hizo un gesto afirmativo.
Entonces sintió una necesidad mucho más sencilla.
Y mucho más incómoda.
Necesitaba retirarse.
No había nada extraordinario en ello.
Los oficiales del Estado Mayor conocían perfectamente las pequeñas interrupciones que formaban parte de una jornada de trabajo tan prolongada. Napoleón había abandonado su puesto muchas veces durante una campaña. Nadie necesitaba saber por qué.
Precisamente por eso debía comportarse como siempre.
Se incorporó.
—Continúe con los informes.
Berthier no mostró ninguna sorpresa.
—Sí, Sire.
Napoleón abandonó la mesa.
Cruzó el espacio que separaba el puesto de mando de su lugar privado y desapareció tras la separación de tela.
Nadie levantó la cabeza.
Era una ausencia normal.
Napoleón lo sabía.
Y, sin embargo, mientras permanecía en aquel reducido espacio, su atención estaba pendiente del tiempo.
Aquello era nuevo.
Su antiguo cuerpo había convertido muchas acciones en automatismos. No necesitaba pensar en ellas.
Ahora tenía que aprender de nuevo.
Y no disponía de semanas para hacerlo.
Tenía un ejército esperando sus órdenes.
Intentó resolver la cuestión con la misma rapidez que habría empleado antes.
No fue suficiente.
Necesitó algo más de tiempo.
Unos instantes.
Después otros.
Napoleón comenzó a ser consciente de cada segundo.
Demasiado.
No porque alguien estuviera vigilando.
No porque Berthier pudiera sospechar qué estaba haciendo.
Sino precisamente porque Berthier ya sabía qué estaba haciendo.
Había una duración normal.
Una duración razonable.
Una duración que pertenecía a la rutina del Emperador.
Y ella acababa de superar ligeramente ese límite.
No era mucho.
Probablemente nadie le concedería importancia.
Pero Napoleón sí.
Esperó únicamente lo necesario.
Después regresó.
Cuando volvió a entrar en el espacio de trabajo, Berthier continuaba exactamente donde lo había dejado.
Un oficial estaba leyendo un documento.
Otro esperaba junto a la mesa.
Nadie dijo nada.
Napoleón tampoco.
Volvió a su sitio.
Tomó el siguiente despacho.
El asunto había terminado.
Solo una cosa quedó registrada en su memoria:
Tendría que acostumbrarse.
No era la primera dificultad práctica que había descubierto desde que despertara aquella mañana.
Y tampoco sería la última.
—Sire.
La voz de Berthier la devolvió inmediatamente al mapa.
—¿Sí?
—El informe de la izquierda.
Napoleón extendió la mano.
—Veamos.
Berthier se inclinó sobre la mesa.
—Las unidades de Lannes mantienen sus posiciones. Murat ha enviado confirmación de sus movimientos.
Napoleón leyó.
Todo seguía encajando.
Por ahora.
Afuera, el campamento comenzaba a despertar por completo.
Ya no era el silencio oscuro de las primeras horas.
Había hombres moviéndose.
Caballos.
Carros.
Mensajeros.
Oficiales atravesando el campamento con órdenes que debían llegar a sus destinatarios antes de que amaneciera por completo.
La batalla todavía no había comenzado.
Pero el ejército ya estaba luchando contra el tiempo.
Napoleón señaló el mapa.
—Aquí.
Berthier se acercó.
—Quiero que mantengamos esta posición exactamente como está.
—Sí, Sire.
—Si los aliados continúan desplazándose hacia el sur, no intervenga.
Berthier levantó los ojos.
—¿No intervenir?
—No.
Napoleón volvió a mirar las marcas enemigas.
—Déjelos avanzar.
Berthier hizo una pausa.
No necesitaba preguntar por qué.
Aquella era precisamente la clase de orden que había aprendido a obedecer sin intentar completar el pensamiento del Emperador.
—Comprendido.
Anotó la instrucción.
Napoleón siguió leyendo.
Otro despacho.
Después otro.
Uno hablaba de movimientos de tropas.
Otro de las condiciones del terreno.
Otro confirmaba que una unidad había alcanzado la posición prevista.
La información llegaba fragmentada.
Era imperfecta.
Siempre lo era.
Napoleón no necesitaba certeza absoluta.
Necesitaba suficiente información para decidir.
Y, sobre todo, necesitaba conservar la iniciativa.
Una nueva figura apareció en la entrada.
Esta vez era un oficial montado que había llegado con rapidez suficiente para traer el documento personalmente.
—Sire.
Napoleón levantó la vista.
—Entre.
El hombre avanzó y entregó el despacho a Berthier.
Berthier rompió el sello.
Leyó.
Su expresión cambió ligeramente.
Napoleón lo observó.
—¿Qué ocurre?
—Hay noticias del movimiento aliado.
Napoleón extendió la mano.
Berthier se lo entregó.
Ella leyó.
Después volvió a leer la última línea.
No porque no la hubiera entendido.
Porque quería comprobar que había entendido correctamente.
El enemigo estaba haciendo exactamente lo que esperaba.
La trampa comenzaba a cerrarse.
Napoleón dejó lentamente el despacho sobre la mesa.
—Bien.
Berthier esperó.
—Muy bien.
Apenas había terminado de decirlo cuando otro oficial apareció en la entrada.
Después otro.
El segundo traía una orden para Soult.
El primero esperaba instrucciones para una unidad situada más al norte.
Berthier comenzó a repartir documentos.
Napoleón volvió al mapa.
La transformación había desaparecido de sus pensamientos.
No porque hubiera dejado de existir.
Sino porque, en aquel momento, había cosas más importantes.
Austerlitz estaba tomando forma.
Y la Historia todavía seguía el camino que ella conocía.
Por ahora.
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