Napoleón — 1 de diciembre de 1805 — 06:27
La Historia no espera a nadie.
¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?
Capítulo 8 — aproximadamente 06:27
El silencio que siguió a la última orden de Napoleón duró apenas unos segundos.
No era un silencio verdadero.
Al otro lado de la lona continuaban oyéndose pasos, voces apagadas y el movimiento constante de hombres que atravesaban el campamento. En algún lugar cercano relinchó un caballo. Después se escuchó el golpe seco de una puerta de madera al cerrarse.
Berthier permanecía frente a la mesa.
Tenía la pluma entre los dedos.
—¿Algo más, Sire?
Napoleón bajó los ojos hacia el mapa.
Durante unos instantes no respondió.
Las posiciones estaban representadas mediante pequeñas marcas sobre el papel. El ejército francés ocupaba una extensión considerable de territorio, pero la atención de Napoleón regresaba una y otra vez hacia el mismo lugar.
Las posiciones aliadas.
Rusia.
Austria.
El terreno.
Las distancias.
Las posibilidades.
—Sí.
Levantó un dedo y señaló una zona del mapa.
—Quiero información más precisa sobre los movimientos de la izquierda enemiga.
Berthier se inclinó sobre la mesa.
—¿Los reconocimientos de esta madrugada?
—Todos.
—Los tendremos en cuanto regresen los oficiales.
Napoleón asintió.
—No quiero esperar a que estén reunidos. Envíeme los informes conforme lleguen.
—Sí, Sire.
Berthier hizo una anotación.
A su derecha, Soult seguía examinando uno de los documentos que había recibido minutos antes. Levantó la cabeza.
—Majestad.
Napoleón lo miró.
—Si las fuerzas enemigas mantienen la disposición que hemos observado durante la noche, su centro podría quedar demasiado extendido.
—Podría.
Soult señaló el mapa.
—Especialmente aquí.
Napoleón siguió la dirección de su dedo.
No respondió inmediatamente.
La posibilidad era evidente.
Pero todavía faltaban datos.
—Quiero confirmación antes de modificar nada.
—Naturalmente.
Soult retiró la mano.
Murat, que había permanecido junto al extremo de la mesa, intervino.
—Y la caballería estará preparada.
Napoleón giró la cabeza hacia él.
—No necesito que esté preparada.
Murat arqueó ligeramente una ceja.
—¿No?
—Necesito saber dónde estará.
Una sonrisa fugaz apareció en el rostro de Murat.
—Entonces sabrá dónde estará.
—Eso espero.
Murat inclinó la cabeza.
La conversación terminó ahí.
No había nada más que decir.
Un oficial de Estado Mayor apareció en la entrada.
—General Berthier.
Berthier se volvió.
El joven oficial sostuvo un despacho entre las manos.
—Ha llegado ahora mismo.
Berthier extendió la mano.
—Démelo.
El oficial avanzó hasta la mesa.
Napoleón observó el documento mientras Berthier rompía el sello.
Leyó rápidamente.
Su expresión no cambió.
—¿De dónde procede?
—De uno de los puestos avanzados, Sire.
Napoleón extendió la mano.
Berthier le entregó el papel.
Ella lo leyó.
Una vez.
Después volvió al principio.
No había suficiente información.
Pero había algo.
Una pequeña pieza.
Una indicación que podía encajar con otras que había recibido durante la noche.
Todavía no era una conclusión.
Le devolvió el despacho a Berthier.
—Que continúen observando.
—Sí, Sire.
El oficial esperó.
—¿Nada más?
—Nada.
El hombre saludó y salió.
Napoleón lo siguió con la mirada durante un instante.
Después volvió al mapa.
Apenas unos segundos.
Eso era todo lo que había durado la interrupción.
Otra.
Y otra.
Y otra.
El cuartel general comenzaba a adquirir un ritmo diferente.
Ya no había pausas prolongadas entre una conversación y la siguiente.
Un ayudante entraba mientras otro salía.
Un secretario esperaba junto a la mesa con un documento preparado.
Dos oficiales hablaban en voz baja junto a la entrada.
Alguien llamó desde el exterior.
Berthier respondió.
Uno de los hombres se acercó para recibir instrucciones.
La maquinaria continuaba funcionando.
Napoleón comprendió que la reunión, en realidad, había terminado hacía varios minutos.
Nadie había anunciado su final.
Simplemente había dejado de existir como reunión.
Ahora cada hombre tenía una tarea.
—Murat.
El mariscal se volvió.
—Sire.
—Puede retirarse.
Murat hizo una breve inclinación.
—Majestad.
Se volvió y salió.
Sus botas desaparecieron rápidamente entre el ruido del exterior.
Soult fue el siguiente.
—General.
Soult se acercó.
—Sire.
—Quiero ese informe antes de que termine la mañana.
—Lo tendrá.
—Y compruebe personalmente cualquier información que proceda de los puestos más avanzados.
Soult asintió.
—Sí, Sire.
Salió también.
Napoleón observó cómo la lona de la entrada volvía a cerrarse.
Durante un momento quedaron solamente ella, Berthier y algunos oficiales.
Entonces Lannes se acercó.
No parecía tener prisa.
—¿Necesita algo más de mí?
Napoleón levantó la vista.
—No.
Lannes permaneció allí un instante.
Era una mirada breve.
Nada más.
Pero Napoleón la reconoció.
Lannes estaba observándola.
No el uniforme.
No el mapa.
A ella.
Napoleón mantuvo la expresión impasible.
—¿Qué ocurre?
Lannes negó con la cabeza.
—Nada.
Una pausa.
—Parecéis cansado.
Napoleón lo miró.
La frase era perfectamente normal.
La noche había sido larga.
La campaña llevaba semanas consumiendo las fuerzas de todos.
No había nada extraño en que un mariscal pensara que su comandante estaba cansado.
—Lo estoy.
Lannes sonrió ligeramente.
—Entonces quizá deberíais descansar.
Napoleón volvió al mapa.
—Después de Austerlitz.
Lannes soltó una pequeña risa.
—Eso pensaba.
Y salió.
Napoleón esperó a que desapareciera.
Después volvió a mirar el mapa.
No había detectado nada.
O, si había detectado algo, no sabía qué había sido.
No importaba.
Todavía.
—Berthier.
—Sire.
—¿Cuántos despachos esperamos?
Berthier consultó sus papeles.
—Varios.
—Que los traigan aquí.
—Sí, Sire.
Napoleón se inclinó sobre la mesa.
Durante unos segundos pudo percibir nuevamente su propio cuerpo.
La postura.
La tensión en los hombros.
La diferencia de algunas sensaciones que todavía no terminaba de reconocer como propias.
Un pensamiento cruzó su mente.
Mi cuerpo ha cambiado.
Fue una constatación.
Nada más.
El siguiente pensamiento llegó inmediatamente después.
La posición del enemigo también puede haber cambiado.
Sus ojos recorrieron el mapa.
El primero era un problema que no podía resolver.
El segundo sí.
Y por el segundo podía morir un ejército.
—Berthier.
—¿Sire?
—¿Dónde está el informe de Davout?
—Todavía no ha llegado.
Napoleón asintió.
—En cuanto llegue, quiero verlo.
—Naturalmente.
Un caballo pasó al galope frente al cuartel general.
Después otro.
Berthier levantó la cabeza al escuchar el ruido.
Napoleón no.
Ella continuaba mirando el mapa.
Poco después, la tienda había cambiado por completo.
El pequeño espacio que unas horas antes había servido como refugio privado se había convertido en un centro de operaciones.
Los papeles se acumulaban.
Los documentos eran abiertos, leídos, clasificados y enviados.
Los mapas cambiaban de posición.
Los oficiales entraban para entregar información y salían con nuevas órdenes.
Berthier parecía capaz de mantener simultáneamente una docena de asuntos en la cabeza.
Napoleón comenzaba a experimentar aquella actividad como algo familiar.
No porque fuera idéntica a cualquier otra jornada.
Sino porque conocía aquella lógica.
Una información provocaba una pregunta.
Una pregunta exigía un informe.
Un informe producía una orden.
La orden generaba movimiento.
El movimiento producía nueva información.
Y el ciclo comenzaba de nuevo.
El ejército era eso.
Millones de hombres reducidos, desde el punto de vista del comandante, a una corriente ininterrumpida de información y decisiones.
Un secretario apareció con otro documento.
—Sire.
Napoleón extendió la mano.
Lo abrió.
Leyó.
Esta vez no necesitó hacerlo dos veces.
—Berthier.
—Sire.
—Prepare una orden.
El jefe del Estado Mayor se acercó inmediatamente.
Napoleón comenzó a dictar.
La voz era tranquila.
Precisa.
Sin una palabra innecesaria.
Berthier escribía.
Cuando terminó, levantó la cabeza.
—¿Eso es todo?
Napoleón miró nuevamente el mapa.
—Por ahora.
Berthier asintió.
El documento fue retirado.
Apenas había desaparecido por la entrada cuando otro oficial esperaba ya para ocupar su lugar.
Napoleón levantó los ojos.
El día estaba comenzando.
Austerlitz se acercaba.
Y el ejército francés ya estaba en movimiento.
Ella apoyó una mano sobre el borde de la mesa.
Por primera vez desde que había despertado, no pensó en lo que había perdido.
Pensó en lo que tenía delante.
El enemigo.
El terreno.
El tiempo.
Los hombres.
Las órdenes.
La batalla.
Y, sobre todo, la decisión que todavía tendría que tomar cuando llegaran los últimos informes.
Fuera, otro mensajero partió al galope.
Napoleón volvió a inclinarse sobre el mapa.
El mundo había cambiado.
Pero todavía no lo sabía.
La Historia continuaba avanzando hacia el 2 de diciembre.
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