Napoleón — 1 de diciembre de 1805 — 05:35

   La Historia no espera a nadie.

¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?

Capítulo 7 — La máquina

1 de diciembre de 1805 — aproximadamente 05:35

La lona se cerró detrás del último oficial.

Napoleón no se movió inmediatamente.

Durante unos segundos permaneció frente al mapa.

El silencio de la tienda había desaparecido.

Ya no existía.

A través de las paredes de tela llegaban voces apagadas, pasos sobre el suelo endurecido por el frío, el relincho ocasional de algún caballo y, más lejos, el ruido metálico de hombres que preparaban el movimiento de las unidades.

El ejército estaba despierto.

Eso era lo importante.

Napoleón bajó la mirada hacia el mapa.

Moravia.

Las posiciones francesas.

Las líneas enemigas.

Pratzen.

Telnitz.

Sokolnitz.

El Goldbach.

Sus ojos recorrieron las posiciones una vez más.

No había cambiado nada.

El mapa seguía siendo el mismo.

El enemigo seguía allí.

La batalla seguía siendo mañana.

Y él seguía siendo el Emperador.

Una voz llegó desde el exterior.

—¡Majestad!

Napoleón levantó la cabeza.

—Entre.

La lona se abrió.

Berthier apareció de nuevo.

Llevaba varios documentos bajo el brazo. Su uniforme estaba perfectamente dispuesto pese a las horas de trabajo, aunque el cansancio comenzaba a hacerse visible en el rostro.

—Majestad, el mariscal Soult espera instrucciones sobre las posiciones de sus divisiones.

Napoleón señaló el mapa.

—Que entre.

Berthier se apartó.

Soult apareció detrás de él.

No estaba solo.

Lannes se encontraba unos pasos más atrás, conversando con uno de sus oficiales. Murat permanecía junto a un caballo, todavía con el abrigo sobre los hombros. Cerca de la entrada había dos oficiales del Estado Mayor inclinados sobre unos documentos.

La tienda ya no parecía la habitación privada de un hombre.

Parecía un puesto de mando.

Napoleón observó la escena durante un instante.

Aquello era exactamente lo que había esperado encontrar.

Y, al mismo tiempo, era lo que más había temido.

Demasiadas personas.

Demasiados ojos.

No podía controlar lo que cada una de ellas veía.

Pero sí podía controlar lo que hacía.

—Soult.

El mariscal avanzó.

—Majestad.

Napoleón señaló la zona del Goldbach.

—¿Cómo están sus divisiones?

—La de Saint-Hilaire está preparada. Vandamme también. Legrand mantiene sus posiciones.

Napoleón asintió.

—¿Y los austríacos?

—Han aumentado su actividad durante la noche.

—¿Movimiento hacia Telnitz?

—Sí.

Napoleón levantó la vista.

—¿En qué magnitud?

Soult respondió sin vacilar.

—Suficiente para obligarnos a prestar atención. No suficiente para modificar el plan.

Napoleón sostuvo su mirada durante un segundo.

—Eso espero.

Soult inclinó ligeramente la cabeza.

Berthier se acercó al mapa.

—Majestad, todavía no disponemos de información completa sobre las posiciones rusas.

—La tendremos.

—Sí, Majestad.

Napoleón tomó uno de los despachos que había dejado sobre la mesa.

Lo abrió.

Mientras leía, escuchó los pasos de alguien detrás de él.

No se volvió.

—¿Murat?

—Majestad.

La voz sonó exactamente donde esperaba.

—¿Su caballería está preparada?

—En cuanto reciba la orden.

—No quiero que se adelante.

Murat sonrió ligeramente.

—Jamás me adelantaría a una orden de Su Majestad.

Lannes soltó una breve risa.

—Eso habrá que verlo.

Murat giró la cabeza hacia él.

—¿Qué quieres decir?

—Que te conozco.

Napoleón levantó los ojos del documento.

—Basta.

Los dos mariscales callaron.

La pequeña discusión había terminado antes de empezar.

Napoleón volvió al mapa.

Era una escena completamente normal.

Eso fue precisamente lo que le produjo una sensación extraña.

Nada había cambiado.

O, mejor dicho, todo había cambiado y nadie parecía advertirlo.

Lannes se encontraba a pocos pasos de ella.

Murat también.

Berthier había estado hablando con ella durante varios minutos.

Y ninguno parecía estar mirando a una mujer.

Seguían viendo al Emperador.

Napoleón dejó que esa idea pasara por su cabeza y la apartó inmediatamente.

No era momento para analizarla.

—Berthier.

—Majestad.

—Quiero un informe de los movimientos enemigos antes de que amanezca por completo.

—Lo tendrá.

—Y quiero que se compruebe de nuevo la situación de Davout.

Berthier levantó ligeramente la cabeza.

—¿Davout?

—Sí.

—Su cuerpo todavía está en marcha.

—Lo sé.

Napoleón volvió a señalar el mapa.

—Precisamente por eso.

Berthier comprendió.

—Enviaré un oficial.

—No.

Napoleón negó con la cabeza.

—Envíe dos.

Berthier hizo una pequeña anotación.

Uno de los oficiales que estaba cerca de la entrada levantó la vista.

Napoleón lo vio.

—¿Nombre?

El joven oficial dio un paso adelante.

—Teniente...

Napoleón hizo un gesto para detenerlo.

—No necesito su nombre. Necesito saber cuánto tardará.

—Una hora, Majestad.

—Demasiado.

El oficial guardó silencio.

Napoleón señaló otro punto del mapa.

—Por aquí.

El oficial se inclinó.

—Si toma esa ruta podrá encontrar a los elementos avanzados antes.

—Sí, Majestad.

—Parta inmediatamente.

El oficial saludó y salió.

La lona cayó detrás de él.

Napoleón siguió su movimiento con la mirada.

No había pensado en ello antes.

Un hombre acababa de recibir una orden de ella.

Y no había dudado.

No había preguntado.

No había observado.

Había obedecido.

Napoleón volvió al mapa.

Eso era lo que importaba.

La autoridad no estaba en el cuerpo.

Estaba en la cadena de mando.

—Majestad.

Berthier hablaba de nuevo.

—¿Sí?

—El general Belliard solicita instrucciones para la caballería.

—Que mantenga sus posiciones.

Murat intervino.

—¿Hasta cuándo?

Napoleón lo miró.

—Hasta que yo le diga lo contrario.

Murat sonrió.

—Comprendido.

Un nuevo ruido llegó desde fuera.

Pasos rápidos.

La lona se abrió.

Entró un oficial cubierto parcialmente por una capa.

—Majestad.

—Hable.

—Un despacho del sector de la derecha.

Berthier extendió la mano.

—Démelo.

El oficial se lo entregó.

Berthier rompió el sello.

Leyó.

Su expresión apenas cambió.

Napoleón lo observó.

—¿Problemas?

—No exactamente.

Berthier levantó la vista.

—Informan de movimiento enemigo.

Napoleón extendió la mano.

Berthier le entregó el documento.

Ella lo leyó.

No tardó mucho.

—Esperable.

Soult se acercó.

—¿Creen que atacarán antes del amanecer?

—No.

Napoleón dejó el despacho sobre la mesa.

—Quieren que pensemos que lo harán.

Soult observó el mapa.

—Una demostración.

—Exactamente.

Lannes se inclinó sobre la mesa.

—Entonces esperan que reforcemos la derecha.

Napoleón lo miró.

—Eso es lo que quieren.

Lannes sonrió.

—Entonces no lo haremos.

—No.

Murat soltó una pequeña carcajada.

—Cada vez me gusta más este ejército.

Napoleón no respondió.

Su atención estaba en otro punto.

Pratzen.

La elevación.

El centro.

La posición que el enemigo consideraría segura.

La que ella quería que considerara segura.

El plan no necesitaba ser reinventado.

Eso era importante.

Había pasado las primeras horas de aquella mañana preguntándose si su transformación podía destruir la campaña.

Ahora empezaba a comprender algo diferente.

La campaña no necesitaba salvarse.

Ya estaba funcionando.

El verdadero peligro estaba en otra parte.

En las personas.

En las costumbres.

En los detalles.

En todo aquello que no aparecía en un mapa.

Lannes levantó la cabeza.

—¿Majestad?

Napoleón se dio cuenta de que llevaba varios segundos en silencio.

—¿Sí?

—Esperamos su decisión sobre el despliegue.

Napoleón volvió completamente al presente.

—Lo tendrá.

Señaló el mapa.

—Nadie modifica sus posiciones sin mi autorización.

Berthier tomó nota.

—Sí, Majestad.

—Soult mantiene sus divisiones.

—Sí.

—Murat permanece preparado.

—Sí.

—Lannes, quiero sus tropas listas para moverse en cuanto recibamos información suficiente.

—Entendido.

Napoleón miró a Berthier.

—Y quiero noticias de Davout.

—Las tendrá.

La reunión empezó a disolverse.

No de golpe.

Uno a uno.

Soult salió primero.

Lannes permaneció unos segundos más hablando con uno de sus ayudantes.

Murat se detuvo junto a la entrada para recibir un mensaje.

Berthier siguió trabajando.

Dos oficiales entraron.

Uno salió.

Otro esperó.

Un secretario pidió una firma.

Un despacho fue sellado.

Otro fue abierto.

El ejército continuaba moviéndose.

Napoleón permaneció junto al mapa.

Durante unos instantes nadie le prestó atención.

Y fue entonces cuando Berthier levantó la mirada.

—Majestad.

Napoleón se volvió.

—¿Sí?

Berthier la observó durante un instante.

No fue una mirada larga.

Ni inquisitiva.

Simplemente una mirada.

Napoleón esperó.

—¿Se encuentra bien?

La pregunta llegó sin dramatismo.

Ella sostuvo su mirada.

—Perfectamente.

Berthier asintió.

—Me alegro.

Volvió inmediatamente a sus documentos.

Eso fue todo.

Napoleón lo observó durante un segundo.

Después volvió al mapa.

No había sospecha.

No había pregunta.

No había misterio.

Solo una explicación perfectamente razonable.

Había sido una noche larga.

La campaña había agotado a todos.

El Emperador parecía distinto porque todos estaban cansados.

Berthier no necesitaba otra explicación.

Napoleón tampoco.

Al menos por ahora.

Afuera, un caballo relinchó.

Una voz gritó una orden.

Después otra.

La luz gris del amanecer empezó a filtrarse entre las lonas.

Napoleón levantó la cabeza.

Austerlitz estaba cada vez más cerca.

Y el ejército francés seguía obedeciendo.

La Historia todavía no había cambiado.

Pero por primera vez desde las 05:12, Napoleón comprendió que aquello podía ser más peligroso de lo que había imaginado.

No porque alguien descubriera la verdad.

Sino porque, tarde o temprano, alguien tendría que notar algo.

Y cuando ocurriera, no sería una sola observación.

Serían muchas.

Separadas.

Pequeñas.

Razonables.

Hasta que dejaran de serlo.



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