Napoleón — 1 de diciembre de 1805 — 05:31

 

  La Historia no espera a nadie.

¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?

Capítulo 6

1 de diciembre de 1805 — aproximadamente 05:31

La mano permaneció un instante sobre la lona.

No había vuelto a tocarla desde que había asegurado la entrada unos minutos antes.

Al otro lado continuaba el mismo campamento.

Miles de hombres.

Miles de caballos.

Artillería.

Centinelas.

Fogones que empezaban a extinguirse.

Y un ejército entero que esperaba que su emperador apareciera con la misma serenidad de siempre.

Inspiró lentamente.

No para reunir valor.

El valor nunca había sido un problema.

Era una pausa para ordenar las prioridades.

La transformación ocupó su pensamiento durante apenas un segundo.

No había desaparecido.

Seguía allí.

Inexplicable.

Absoluta.

Pero ya no era el problema principal.

El problema era el ejército.

Si Francia vencía al día siguiente, seguiría existiendo un Imperio capaz de afrontar cualquier misterio que el destino hubiese puesto en su camino.

Si Francia era derrotada...

Nada de lo ocurrido aquella mañana tendría importancia.

Empujó la lona.

El aire helado de Moravia penetró inmediatamente en la tienda.

El frío resultaba limpio.

Seco.

Todavía era de noche.

El horizonte apenas comenzaba a distinguirse del cielo.

Las brasas de algunos fuegos lanzaban destellos rojizos entre las filas de tiendas.

A cierta distancia relinchó un caballo.

Varios ayudantes cruzaban el campamento con carpetas de cuero bajo el brazo.

Mensajeros.

Ordenanzas.

Ingenieros.

Todo funcionaba con la precisión que había exigido durante años.

Nadie se detuvo al verle salir.

Solo los centinelas más próximos presentaron armas casi al mismo tiempo.

—Sire.

Respondió con una leve inclinación de cabeza.

Sin detener el paso.

Había recorrido centenares de campamentos.

El cuerpo conocía el camino casi por sí solo.

Aunque ahora ese cuerpo fuera otro.

Durante unos metros no pensó en ello.

La memoria guiaba los movimientos mejor que cualquier reflexión consciente.

El suelo estaba endurecido por la escarcha.

Las botas crujían con un sonido seco.

A la izquierda aparecía ya el edificio elegido como puesto principal del Estado Mayor.

No era grande.

Una construcción rural adaptada apresuradamente para servir de centro de operaciones.

Varias figuras aguardaban delante.

Incluso desde aquella distancia pudo reconocer algunas siluetas.

Berthier.

Inconfundible por su postura recta y el legajo de documentos que sostenía bajo el brazo.

Algo más atrás...

Soult.

Las manos cruzadas tras la espalda.

Inmóvil.

Observando el horizonte donde, dentro de poco más de veinticuatro horas, el ejército aliado ocuparía exactamente la posición que Napoleón deseaba.

Junto a él conversaban en voz baja Murat y Lannes.

Murat gesticulaba.

Lannes parecía escuchar con una expresión entre divertida e impaciente.

Nada había cambiado.

La Historia continuaba avanzando.

Berthier fue el primero en advertir su presencia.

Interrumpió inmediatamente la conversación que mantenía con un ayudante.

—Sire.

Las demás voces cesaron casi al mismo tiempo.

Todos se volvieron.

Napoleón continuó caminando sin acelerar.

Sin disminuir el paso.

No debía existir ninguna diferencia respecto a cualquier otra mañana.

Uno tras otro, los mariscales saludaron.

—Sire.

—Majestad.

—Sire.

Las fórmulas habituales.

Los mismos rostros endurecidos por veinte años de campañas.

Durante una fracción de segundo sintió el impulso de estudiar sus expresiones.

Lo rechazó.

Buscar señales de sospecha solo conseguiría volver artificial su propio comportamiento.

Era preferible actuar como si no existiera nada que descubrir.

Berthier dio un paso al frente.

—Han llegado nuevos informes del ala derecha. El mariscal Davout continúa avanzando según el calendario previsto.

Napoleón extendió la mano.

El movimiento fue automático.

Berthier depositó los documentos sobre ella sin vacilar.

El contacto apenas duró un instante.

Suficiente.

Nadie había reaccionado.

Desplegó el primer informe mientras seguía caminando hacia el interior del edificio.

La letra era clara.

Distancias.

Horas.

Estado de las carreteras.

Todo coincidía con los cálculos efectuados los días anteriores.

Davout estaba exactamente donde debía estar.

Una ligera exhalación escapó entre sus labios.

No era alivio.

Era confirmación.

La campaña seguía obedeciendo a la lógica.

—Excelente.

La palabra salió con naturalidad.

Algo distinta.

Más limpia.

Más aguda que antes.

Pero pronunciada con la misma seguridad.

Berthier continuó hablando sin mostrar la menor vacilación.

—También han llegado noticias del enemigo. Nuestros exploradores confirman nuevos movimientos cerca de Pratzen.

Napoleón levantó la vista del informe.

—Como esperábamos.

Nadie respondió inmediatamente.

No porque hubiera ocurrido nada extraño.

Sino porque todos estaban acostumbrados a que, tras una frase semejante, el Emperador continuara desarrollando su razonamiento.

Lo hizo.

—Cuanto más crean que dudamos... con mayor decisión ocuparán la meseta.

Soult asintió despacio.

—Coincido, Sire.

Su voz sonó tranquila.

Reflexiva.

—Si creen que nuestro flanco derecho permanece débil, terminarán comprometiendo allí una parte aún mayor de sus fuerzas.

Napoleón sostuvo su mirada apenas un instante.

El razonamiento era correcto.

Exactamente el esperado.

—Eso deseo.

Lannes sonrió apenas.

Una sonrisa breve.

Casi imperceptible.

—Entonces mañana tendremos el combate que buscábamos.

—Si nuestros hombres cumplen su deber.

La conversación volvió inmediatamente al terreno militar.

Distancias.

Brigadas.

Munición.

Horarios.

El secreto desapareció durante varios minutos.

No porque hubiera dejado de existir.

Sino porque el ejército ocupaba por completo la atención del Emperador.


Mientras Berthier anotaba una modificación menor en una copia de las órdenes, observó fugazmente a Napoleón.

Había algo distinto aquella mañana.

No sabría decir qué.

Quizá el cansancio.

Habían sido días agotadores.

La campaña exigía un esfuerzo continuo.

Sí.

Probablemente era eso.

Continuó escribiendo.


Soult escuchaba.

Como siempre.

El Emperador hablaba poco.

Con precisión.

Sin desperdiciar palabras.

Sin embargo...

Parecía medir aún más los silencios.

No era una diferencia importante.

Tal vez simplemente estaba concentrado.

La batalla que decidiría la guerra estaba demasiado cerca para conceder importancia a detalles tan pequeños.


Lannes apoyó una mano sobre la mesa mientras seguía el movimiento de las fichas del mapa.

Conocía a Bonaparte desde hacía demasiados años.

Aquella mañana le pareció menos impaciente.

Solo un poco.

Lo suficiente para advertirlo.

No lo suficiente para darle significado.

Quizá había dormido mejor que el resto.

Era una idea tan buena como cualquier otra.


Murat contempló distraídamente el uniforme imperial.

La casaca estaba impecable.

Como siempre.

Sin embargo...

Le dio la impresión de que el cuello permanecía ligeramente más cerrado de lo habitual.

Curioso.

Aunque, después de todo, el aire de aquella mañana era especialmente frío.

No volvió a pensar en ello.

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