Napoleón — 1 de diciembre de 1805 — 05:25
La Historia no espera a nadie.
¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?
Capítulo 4
1 de diciembre de 1805
05:25
La lona volvió a caer.
El silencio regresó a la tienda.
Napoleón permaneció inmóvil unos instantes frente al espejo.
No observaba ya el rostro.
Observaba al comandante.
Aquel reflejo seguía devolviéndole unos ojos grises capaces de calcular una campaña entera antes del amanecer.
Lo demás era irrelevante.
Apartó lentamente la vista.
Comenzó a caminar.
Una.
Dos.
Tres zancadas.
La alfombra amortiguaba el sonido de las botas.
Las manos permanecían entrelazadas tras la espalda por pura costumbre, aunque la posición del cuerpo resultaba extraña. El nuevo equilibrio alteraba ligeramente el centro de gravedad. No era incómodo.
Solo diferente.
Dio media vuelta.
Otra vez.
La tienda volvía a convertirse en un despacho de campaña.
No en una prisión.
Pensar.
Siempre pensar antes de actuar.
Su mente comenzó a ordenar los problemas exactamente igual que habría hecho ante cualquier batalla.
No existía una maldición.
Existía una situación.
Y toda situación podía dividirse.
Primer problema.
El ejército.
Doscientos mil hombres dependían de una sola voluntad.
No podían descubrir aquello.
Segundo problema.
Los mariscales.
Berthier había hablado con él hacía apenas unos minutos.
Nada.
No había sospechado absolutamente nada.
Eso significaba que el secreto todavía estaba intacto.
Tercer problema.
El tiempo.
Giró la cabeza hacia el reloj de sobremesa.
Cada minuto que transcurría reducía sus opciones.
Mañana.
Mañana combatirían.
No disponía de semanas.
Ni siquiera de días.
Disponía de horas.
Inspiró lentamente.
No.
Horas tampoco.
Disponía de una única mañana.
Se detuvo junto a la mesa.
Sobre ella seguían extendidos los mapas de Moravia.
Las posiciones aliadas.
Los caminos.
Los pueblos.
Las alturas de Pratzen.
Miles de soldados dormían convencidos de que al amanecer continuarían obedeciendo a un emperador.
Nada de aquello había cambiado.
Solo había cambiado él.
No.
Ella.
La corrección apareció en su mente con una frialdad casi irritante.
La rechazó inmediatamente.
No era una cuestión útil.
El cuerpo podía esperar.
La batalla no.
Apoyó ambas manos sobre la mesa.
La tela del uniforme tensó ligeramente los hombros.
Su mirada recorrió los mapas.
Allí seguía Austerlitz.
Allí seguían los lagos.
Los caminos embarrados.
Las rutas de aproximación.
Las falsas debilidades del ala derecha.
El plan seguía siendo excelente.
Nada obligaba a modificarlo.
Aquella idea apareció con una claridad casi ofensiva.
La transformación no había alterado su inteligencia.
Ni su memoria.
Ni su experiencia.
¿Por qué iba a alterar su estrategia?
Permaneció inmóvil.
Era una pregunta demasiado sencilla.
Precisamente por eso merecía desconfianza.
Napoleón nunca había perdido una campaña por aceptar la primera respuesta.
Volvió a caminar.
¿Qué podía delatarla?
La voz.
El rostro.
El cuerpo.
La proximidad.
No.
La solución no consistía en cambiar el plan.
Consistía en cambiar la distancia.
Miró hacia la entrada de la tienda.
Hasta aquel momento había recibido oficiales, ayudantes y mariscales prácticamente sin restricciones.
Aquello debía terminar.
Desde ese instante, toda entrevista tendría un motivo.
Toda reunión sería breve.
Toda conversación se desarrollaría a varios pasos de distancia.
La autoridad no dependía de acercarse.
Dependía de decidir.
Asintió apenas.
Eso era.
Reducir el riesgo.
No eliminarlo.
Era imposible eliminarlo.
Todo plan militar aceptaba cierto grado de incertidumbre.
Este también.
Su mirada volvió a perderse sobre el mapa.
¿Y si alguien insistía?
¿Y si alguno de los mariscales pretendía permanecer más tiempo?
¿Y si Alejandro reaccionaba antes de lo previsto?
¿Y si la batalla exigía dirigir personalmente una carga?
Aquella última posibilidad permaneció suspendida en el aire.
Era la primera consecuencia verdaderamente grave.
Siempre había dirigido desde donde podía ver.
Siempre.
La presencia del emperador multiplicaba el ánimo de los hombres.
Aquello formaba parte del combate tanto como la artillería.
Ahora...
Bajó lentamente la vista hacia sus propias manos.
Aquellas manos seguían siendo capaces de señalar un objetivo.
De escribir una orden.
De sostener un catalejo.
Pero ignoraba todavía cuánto resistiría aquel cuerpo.
No podía permitirse descubrirlo durante una batalla.
No.
La batalla no sería el momento de improvisar.
Tendría que confiar más que nunca en Berthier.
En Soult.
En Lannes.
En Murat.
No porque dudara de sí misma.
Porque un comandante prudente nunca apostaba toda una campaña a una única pieza del tablero.
El silencio volvió a envolver la tienda.
Durante unos segundos solo se oyó el chisporroteo de la vela.
Entonces habló.
Muy despacio.
Como si quisiera escuchar aquella voz una vez más.
—Austerlitz... no puede esperar.
La frase quedó suspendida entre las telas de la tienda.
No era una queja.
Era un hecho.
Fuera, el campamento empezaba a despertar.
La Historia seguía avanzando.
Y, por primera vez desde las 05:12, Napoleón comprendió que ya no luchaba únicamente contra los ejércitos de Austria y Rusia.
También tendría que impedir que el mundo descubriese quién era ahora realmente.
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