Napoleón — 1 de diciembre de 1805 — 05:14
La Historia no espera a nadie.
¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?
Capítulo 3
1 de diciembre de 1805
05:14
Capítulo 3
El silencio volvió a adueñarse de la tienda.
Napoleón permaneció inmóvil.
No apartó la vista de la lona por la que acababa de marcharse Berthier.
Escuchó.
El leve crujido de la escarcha bajo unas botas.
Tres pasos.
Cuatro.
Después, nada.
Solo el viento.
Esperó todavía unos instantes más.
La impaciencia nunca había sido una virtud militar. Un enemigo impaciente era un enemigo vencido.
Respiró despacio.
Entonces dio un paso hacia la entrada.
La lona osciló apenas cuando acercó la mano para comprobar el cierre.
La yema de los dedos encontró el pasador de madera.
Lo deslizó con cuidado hasta su posición.
Un sonido seco.
Insignificante.
Pero suficiente.
Nadie podría entrar sin hacer ruido.
Napoleón apoyó la mano unos segundos sobre el travesaño, comprobando por pura costumbre que resistía la presión.
Solo entonces retiró lentamente los dedos.
Por primera vez desde que había despertado, sabía que disponía de unos minutos.
No muchos.
Los suficientes.
Giró despacio sobre sí mismo.
La tienda seguía exactamente igual que la noche anterior.
La mesa.
Los mapas.
El catre.
Las dos velas consumiéndose lentamente.
La espada apoyada junto a la silla.
Y, al fondo...
El espejo.
Un sencillo espejo de campaña, sujeto sobre un pequeño soporte de madera.
Había permanecido allí toda la mañana.
Esperándolo.
Napoleón lo observó durante varios segundos.
No sintió miedo.
Sintió algo mucho más incómodo.
Resistencia.
Mientras no lo mirase, aún quedaba espacio para la duda.
Las pruebas existían.
La voz.
Las manos.
Las extrañas sensaciones que el uniforme ya no conseguía ocultar.
Pero una parte de su mente seguía buscando una explicación que reuniera todas aquellas piezas sin aceptar todavía la conclusión.
El espejo acabaría con esa posibilidad.
Avanzó.
Un paso.
El suelo crujió bajo la bota.
Otro.
La distancia parecía mayor de la que recordaba.
La respiración permanecía estable.
Solo sus ojos delataban una atención absoluta.
Se detuvo a menos de un metro.
El cristal devolvía únicamente una silueta oscura, deformada por la luz temblorosa de las velas.
Durante un instante permaneció completamente inmóvil.
Como si ambos esperasen que fuese el otro quien realizara el primer movimiento.
Napoleón levantó muy despacio la cabeza.
Primero apareció el cuello.
Más fino.
La piel, limpia.
Sin el menor rastro de la barba que había afeitado apenas unas horas antes.
Siguió ascendiendo.
La mandíbula.
Había perdido la dureza que conocía desde hacía décadas.
Las líneas seguían resultándole familiares.
Pero suavizadas.
Como si un escultor hubiera decidido conservar el mismo rostro eliminando cualquier ángulo innecesario.
Los labios.
Más estrechos de lo que habría esperado.
Serios.
Firmemente cerrados.
No había en ellos rastro alguno de sorpresa.
Después...
Los ojos.
Napoleón contuvo el aire.
Aquella mirada...
Era la suya.
No existía ninguna duda.
La misma intensidad.
La misma vigilancia constante.
La misma costumbre de analizar antes de juzgar.
El mismo hombre...
Encerrado en otro rostro.
Su vista continuó ascendiendo.
El cabello seguía siendo corto.
Negro.
Ligeramente despeinado por el sueño.
No había aparecido una larga melena imposible.
Aquello, por extraño que resultara todo lo demás, obedecía a una lógica que casi agradeció.
Permaneció observándose.
Segundo tras segundo.
Buscando un error.
Un detalle que rompiera aquella imagen.
No lo encontró.
El uniforme imperial seguía siendo el suyo.
Pero ya no descansaba sobre el cuerpo que había vestido durante treinta y seis años.
Las hombreras mantenían su posición.
El cuello seguía perfectamente abrochado.
Sin embargo...
La tela descendía de una forma distinta.
Muy distinta.
Napoleón bajó lentamente la vista.
Solo unos centímetros.
Lo suficiente para confirmar aquello que ya había sentido con cada respiración desde que despertó.
No era una ilusión.
No era una enfermedad.
No era un sueño.
El cuerpo había cambiado por completo.
El silencio volvió a llenar la tienda.
No había palabras capaces de describir aquello.
Y, sin embargo, las palabras eran innecesarias.
Los hechos bastaban.
Napoleón levantó de nuevo la mirada hacia el espejo.
Aquella mujer le devolvió exactamente el mismo gesto severo con el que él la observaba.
Durante largos segundos ninguno de los dos pareció apartar la vista.
Hasta que una idea atravesó su mente con la claridad de un disparo.
No importaba cómo había ocurrido.
No importaba por qué.
Importaba una única cuestión.
Dentro de pocas horas...
Decenas de miles de soldados esperarían ver entrar a su emperador.
Y el ejército de Francia jamás había obedecido a aquella mujer.
El amanecer seguía acercándose.
La Historia no iba a esperar.
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