Napoleón — 1 de diciembre de 1805 — 05:13
La Historia no espera a nadie.
La Historia no espera a nadie.
¿Qué habría ocurrido si uno de los personajes más importantes de la Historia hubiera despertado convertido en mujer... y la Historia hubiera continuado desde ese mismo instante?
Capítulo 2
1 de diciembre de 1805
05:13
Los pasos permanecieron inmóviles.
Ni una pisada más.
Solo el leve chasquido de la escarcha bajo las botas, seguido de un silencio respetuoso.
Napoleón permanecía acostada.
La mirada fija en la entrada de la tienda.
Su respiración seguía siendo regular.
Había aprendido hacía muchos años que, antes de tomar una decisión, era preferible conceder unos segundos al enemigo... o al azar.
Entonces llegó la voz.
—¿Sire?
Grave.
Controlada.
Acostumbrada a ser escuchada sin elevar nunca el tono.
Napoleón reconoció inmediatamente a su propietario.
Louis-Alexandre Berthier.
Su jefe del Estado Mayor.
Aún no había entrado.
Esperaba permiso.
Como siempre.
Napoleón no respondió.
No por duda.
Sino porque necesitaba exactamente un segundo más.
Su mente comenzó a ordenar prioridades.
La batalla.
El ejército.
Los mapas.
El secreto.
El último elemento desplazó a todos los demás.
Nadie podía verla.
Todavía no.
Bajó lentamente la vista hacia el borde de la manta.
Las manos seguían siendo pequeñas.
Más estrechas.
Los dedos parecían algo más finos que los recordaba.
Flexionó uno.
Después otro.
La movilidad era perfecta.
No existía debilidad.
No existía dolor.
Solo una extraña sensación de desconocimiento.
Aquellas manos obedecían exactamente igual que las anteriores.
Pero no eran las mismas.
—¿Sire?
La voz sonó de nuevo.
Esta vez algo más cerca.
Berthier debía de encontrarse ya junto a la abertura de la lona.
Napoleón reaccionó.
—Esperad.
Su propia voz la obligó a detenerse.
No era aguda.
Tampoco infantil.
Pero había perdido parte de aquella gravedad seca que imponía silencio en cualquier sala.
Era una voz distinta.
Más clara.
Más ligera.
Durante una fracción de segundo no pensó en quien pudiera escucharla.
Pensó únicamente en ella.
Volvió a hablar, esta vez de forma deliberada.
—Un momento más.
La misma cadencia.
Las mismas pausas.
La misma autoridad.
Solo el timbre había cambiado.
Fuera se hizo un breve silencio.
—Sí, Sire.
Berthier no pareció encontrar nada extraño.
Quizá el frío.
Quizá el sueño.
Quizá simplemente no esperaba detectar diferencia alguna en la voz del hombre al que llevaba años obedeciendo.
Napoleón aprovechó aquel respiro.
Se incorporó despacio sobre el catre.
Un movimiento medido.
Sin brusquedad.
En cuanto cambió de postura comprendió que el equilibrio de su cuerpo también era diferente.
El peso se distribuía de otra manera.
No era incómodo.
Solo desconocido.
La manta resbaló unos centímetros.
Con rapidez la sujetó antes de que descendiera más.
Su mirada cayó sobre el antebrazo izquierdo.
La piel.
Más fina.
Más clara.
Sin embargo conservaba una pequeña cicatriz cerca de la muñeca.
La observó unos segundos.
Aquella marca llevaba años allí.
Recordaba perfectamente cuándo se la había hecho.
La cicatriz seguía existiendo.
Eso significaba que no era otra persona.
Era...
Se detuvo antes de completar el pensamiento.
No disponía de tiempo para preguntas filosóficas.
Necesitaba hechos.
Giró lentamente el cuerpo hasta apoyar ambos pies sobre el suelo.
El contacto con la alfombra fue inmediato.
El frío atravesó las medias de lana.
Se quedó inmóvil.
Escuchando.
Fuera comenzaban a despertarse más hombres.
Relinchos.
Una rueda de carro.
El golpear lejano de un hacha preparando la leña.
El ejército más poderoso de Europa iniciaba una jornada destinada a entrar en la Historia.
Y su comandante supremo aún no sabía qué rostro reflejaría el espejo que descansaba sobre la pequeña mesa de campaña.
Napoleón levantó lentamente la vista hacia él.
Permaneció inmóvil.
Todavía no.
Primero debía asegurarse de que nadie cruzaría aquella lona.
Solo entonces se enfrentaría, por primera vez, a la imagen de la mujer en la que se había convertido.
Continuará...
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